NOVEDADES
A dos metros
mayo 15, 2020 - COVID-19

“Hay momentos en los que la vida separa a determinadas personas sólo para que entiendan
lo importantes que son la una para la otra”. Paulo Coelho.
“La distancia no es un problema. El problema somos los humanos, que no sabemos amar sin
tocar, sin ver o sin escuchar. Y el amor se siente con el corazón, no con el cuerpo”. Gabriel
García-Márquez.

Una de mis ciudades favoritas es Nueva York. No, no por cliché, no por ser snob. Es de verdad.
Cuando la piso, cuando paseo por allí, se me genera una sensación de pertenencia, me siento
como en casa. Incluso la primera vez que la visité: tuve esa extraña sensación de que yo, ya
había estado allí antes. Algo parecido me pasó en mi querida Bologna o incluso en Bangkok.
Qué extraño, ¿verdad? Hay lugares con los que sintonizamos, que nos conectan desde el
primer momento, que nos hacen olvidar que existen idiomas distintos, razas distintas, religiones
diferentes. Que nos eliminan la barrera que a veces supone la distancia, por estar a miles de
kilómetros. Que convierten las horas de vuelo en una emocionante espera para reencontrarnos.
Y eso me hace pensar qué relativa es la distancia: a veces, un viaje largo, por la emoción que
nos genera, supera el incordio del desplazamiento. Otras veces, si no nos sentimos motivados
por lo que nos espera, incluso resoplamos por tener que cruzar a la habitación de al lado. No
son los kilómetros. La distancia tiene que ver, sin duda, con lo lejos o lo cerca que te sientas de
tu próximo destino. Tiene que ver con lo que te mueve y te emociona.
Estos días la distancia se ha convertido en un gran hándicap: a dos metros. ¿Son mucho o poco?
Pues depende de para qué. Es lo mínimo para tratar de estar a salvo del virus. Es lo mínimo para
respetar al resto de personas expuestas. Dos metros no son nada cuando lo comparo con los
kilómetros de distancia a los que están Nueva York, Bologna o Bangkok, pero se me hacen
eternos cuando me doy cuenta de que sólo esos dos metros me impiden volver a lugares en los
que me siento como en casa. Dos metros no son nada cuando empiezas una carrera, pero lo son
todo cuando estás a punto de cruzar la meta. Dos metros es lo máximo de lejos que quiero estar
de mis padres, o mis padres de sus nietas, de mi hermana, de mis amigos, de quienes me
importan. Esos dos metros se me hacen un mundo cuando me invade el recuerdo del abrazo,
de la caricia, del beso, del choque de copas para celebrar algo, de un secreto al oído con mi
sobrino. Esos dos metros me crean un nudo eterno en la garganta cuando quiero asegurarme
de que mis padres siguen bien sin poder cruzar el umbral de lo que siempre ha sido mi casa.
Para mí, nunca dos metros habían supuesto mayor distancia. No por longitud, sino por mi
necesidad de conectar.
Tal vez tenga razón el gran García-Márquez y el amor no deba sentirse con el cuerpo, sino con
el corazón. Entonces, lamento decir que me queda mucho por aprender todavía, porque yo
sigo necesitando el contacto, no para amar, sino para sintonizar, para sentirme cerca, para
seguir respirando. Pero en una cosa sí le doy la razón: dos metros me están permitiendo valorar
lo relativa que es la distancia; me están permitiendo darme cuenta de lo poco que se nos pide
para mantenernos a salvo de un bicho letal, pero de lo eternos que pueden llegar a hacerse
cuando echas de menos a alguien. En estos días aprendamos a no añadir distancia.
Acerquémonos entonces al corazón, a pesar de tener que alejar al cuerpo. Eso nos seguirá
manteniendo unidos. Mantendrá a buen recaudo el cariño, y a salvo a los que queremos.

Montse Hernández


© Martínez Comín