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Reacción del cerebro ante una crisis sanitaria – Covid-19
marzo 24, 2020 - COVID-19

¿Preparados para reprogramaros?

“Ganamos fuerza, coraje y confianza por cada experiencia en la que realmente nos paramos a mirar al miedo a la cara. Debemos hacer lo que creemos que no podemos.” Eleanor Roosevelt.

 

Nuestro cerebro tiene tres partes esenciales: la parte más primitiva (cerebro reptiliano), que ni piensa ni siente, simplemente actúa. Se rige por instintos y está inexorablemente unida a la supervivencia. La parte media (sistema límbico o cerebro emocional), que es donde se procesan todas y cada una de las emociones y sentimientos que tenemos. La última parte (neocórtex o cerebro racional), que es la que permite tener conciencia y controla las emociones. También está implicada en las capacidades cognitivas, es decir, rige nuestra inteligencia más racional.

¿Y qué tiene que ver la estructura cerebral con una pandemia? Pues tienes que ver, y mucho. Ya llevamos, oficialmente, diez días de confinamiento (si contamos desde el sábado 15 de marzo). Aunque hay pocos estudios, muchos expertos en psique y comportamiento humano determinan que, a partir del décimo día de confinamiento, comienza un periodo crítico, en el que se activa (se pone a mandar) el cerebro reptiliano (el primitivo, el que se rige por instintos), alterando nuestras emociones y distorsionando nuestra percepción más racional.

En una situación normal, el miedo es una reacción natural y necesaria que ayuda a nuestro instinto de supervivencia a mantenernos alerta ante un peligro puntal, concreto, permitiéndonos emplear el nivel de energía física y emocional óptimo para superar dicha amenaza. Sin embargo, en una situación como la que estamos viviendo -de pandemia-, el miedo, si bien responde a un peligro identificado (el virus), no es puntual, se alarga en el tiempo. Ante esta amenaza recurrente, el prolongar indefinidamente la exposición física y emocional (seguimos en alerta ante la incertidumbre de los acontecimientos), unido a una limitación de movimiento (el confinamiento) nos somete o puede someternos a una situación extrema de ansiedad, de tensión, de estrés, que nos lleva a superponer lo negativo a lo positivo.

Y ahí es donde, más que nunca, debemos asumir el protagonismo, para darle la vuelta a los polos y ordenar nuestro cerebro. Tenemos el deber de ser responsables y tomar las riendas: no hablo de demostrar autoridad, soberbia o violencia. ¡Al contrario! Hablo de frenar el victimismo, de dejar de lado la frustración o el egoísmo. Se trata de tomar consciencia: tenemos que trabajar y relajar el círculo que se genera por estar en permanente estado de alarma. Entender que si bien el miedo es inherente a la condición humana (¡tan necesario en algunas ocasiones!), ahora no podemos dejarle regir nuestras vidas, porque nos perderemos. Así que hagamos lo posible por adaptarnos: alejémonos de la saturación informativa (informados sí, obsesionados no); seamos proactivos y no reactivos (busquemos soluciones -y no culpables- para eventuales problemas que nos perturben); controlemos la calidad de nuestro lenguaje (las palabras dan voz a nuestra interpretación de la realidad -la cual seguramente, en estos momentos, está sesgada-. Si elegimos una forma de hablar positiva y calmada, ayudaremos a redibujar nuestra realidad de otra manera y, posiblemente, la de nuestro interlocutor); valoremos el lenguaje no verbal (las sonrisas de balcón a balcón, las miradas cómplices, los gestos amables) y seamos más empáticos, generosos y solidarios que nunca, porque sentirnos y mostrarnos humanos nos mantiene conectados a nuestra esencia. Cuidar nuestra actitud y mantenernos positivos es otra forma de ganarle la batalla al virus. Y ésta sí está al alcance de todos. Así que no dejemos que nuestro ánimo sucumba.

Montse Hernández

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