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octubre 8, 2021 - Reflexiones

“Cuando alguien tiene la humildad de escuchar (primitivo e indispensable signo de inteligencia) es capaz de aprender algo de casi todo el mundo”. Begoña Aranguren.

Esta semana he tenido la oportunidad de reconectar con algunas sensaciones que, por diferentes motivos (y la distancia impuesta por esta eterna pandemia es uno de los grandes), habían quedado un poquito olvidadas. Semana intensa, agotadora, con elevado coste de oportunidad en muchos ámbitos (familia, trabajo acumulado, etc.), pero maravillosa, al fin y al cabo. Me he reencontrado con personas a las que adoro, que me importan, a las que llevaba mucho tiempo sin poder ver físicamente ni abrazar; y he iniciado un proyecto motivador, cañero, de reto, como a mí me gustan.
Qué importante es sentirse motivado. Y cuando esa motivación incluye el serle útil a otras personas, ni te cuento. A mí me pone que la gente confíe en mí y se sienta cómoda. Te lo podría decir de mil maneras, pero es la frase adecuada, aunque tal vez no sea, políticamente, la más correcta. Tiene algo mágico e indescriptible el sentir el calor humano, ya sea porque te conocen y, de alguna forma, cada uno según su carácter, te demuestran su cariño, o ya sea porque sin conocerte, se sienten lo suficientemente cómodas contigo como para abrirse en canal y compartirte su historia, la real, la que deja el lagrimal mojado y un enredo en la garganta, no la artificial de Facebook o Instagram.

Pero tocar el alma de las personas es un privilegio que comporta una gran responsabilidad. A mí me dispara la adrenalina: acertar en la precisión emocional de lo que escuchas, sientes, interpretas y ves en el de enfrente, tirándote al vacío en su historia, cuando apenas le acabas de conocer, es un chute que requiere de absoluta concentración, mucha empatía y toneladas de respeto. Me doy cuenta de que, muchas veces, es precisamente ese no conocernos de nada el que nos permite conectar de una forma tan íntima y entendernos tan bien, porque para mí, esa persona es un lienzo en blanco, un punto de partida único y lo que me cuenta, un relato escrito por ella misma con el guion de su propia vida. Y para ellas, para esas personas, mi boca permanece cerrada y mis orejas y mi mente, bien abiertas, de par en par, no van prejuiciadas, absolutamente pendientes a ver qué escuchan, a ver qué sienten, ansiosas de saber qué experiencia se va a descubrir tras esa mirada. Y en un entorno amable, de calma, de honestidad, de humildad y de absoluto respeto, con esa escucha activa, se descubren grandes historias, incluso algunas que, para otros, son y serán por siempre desconocidas. Y no hay truco alguno en todo esto: sólo se ha generado la oportunidad y el clima adecuado para que alguien se sienta escuchado. Et voilà! La magia surge.

No hay personas complicadas sino historias difíciles. Y uno nunca puede llegar a conocer toda la verdad que hay detrás de alguien. Lo puedes intuir, te lo puedes imaginar, pero divagas en el mundo de las suposiciones. Y reflexionar sobre eso nos debe recordar lo genuino de cada persona y, a su vez, la importante de no juzgar a nadie, porque hay historias tremendas que, la mayoría de las veces, ni siquiera nos imaginamos. Vivir situaciones tan íntimas como las que comportan que alguien desnude su alma ante mí, es lo que me permite encontrarle sentido a la vida. Hoy voy fuerte, ¿eh?

Y me he permitido recordarme que, al final, lo importante es bastante simple. Yo, para vibrar alto, necesito muy poco: sentirme a gusto con la gente con la que comparto mi tiempo y mi energía, y ponerle mucho humor a lo que hago, porque la risa cura y el sonreír te hace cómplice.


© Martínez Comín