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CONSEJOS VENDO Y PARA MÍ NO TENGO
abril 9, 2021 -

“Nadie puede opinar sobre lo que no se tocó vivir”. Anónimo.
“Aconsejar a otros y desatender su propia seguridad es insensato”. Fedro.

La primera vez que escuché este refrán fue de boca de una amiga de la facultad. Amablemente, ella trataba de aconsejarme cuando casi lo dejo todo por un amor de verano. Ella, que había dejado a su novio de toda la vida por un compañero de clase quien, a su vez, la dejó a ella en algo menos de dos meses de iniciar su historia, soltó, de forma muy espontánea y tras un consejo categórico, de esos que te dejan casi sin aliento y te obligan a pensar, este “pero claro, anda que yo, consejos vendo y pa’ mí no tengo”.

Y desde entonces es una frase que utilizo bastante. A veces no la verbalizo, pero te aseguro que pasea por mi mente en múltiples ocasiones. Y mira que no soy persona de dar consejos, sobre todo en el ámbito personal (en el profesional, aconsejar forma parte, precisamente, de mi función técnica). Considero que dar consejos debería ser sólo un honor de sabios, porque aconsejar requiere, cuanto menos, de cierta maestría. Aconsejar no consiste en dar libremente tu opinión sobre algo (y menos cuando no te la han pedido: eso no es franqueza, es soberbia). Opinar es decir qué te parece a ti o qué harías tú. Pero cuando aconsejas te sitúas en un plano superior: comprendes que la historia no va sobre ti y no tiene que ver contigo, sino que va sobre el que tienes enfrente. Y es muy difícil ponerte en los zapatos del otro y saber qué es lo que a esa persona le puede convenir en ese momento o peor, en su futuro. No se trata sólo de empatía, se trata de acertar y eso, es muy difícil de conseguir.

Por eso, cuando algún amigo o familiar busca consuelo y me comparte un honesto y a veces desesperado: “Pero Montse, ¿tú qué harías? Dime, ¿qué hago?”, de forma casi automática noto que me sitúo en un plano elevado, de súper-responsabilidad, porque realmente uno debe situarse ahí. Noto como si mi alma se desprendiese de mi cuerpo para tratar de dar una respuesta lo más objetiva, lo más razonada y lo menos distorsionada posible. En ese momento sé que esa persona necesita respuestas y sé que espera que se las dé yo, pero, seamos honestos: soy maja, pero no soy Dios. Me equivoco como todo el mundo. Y entonces, me permito parar y preparar la respuesta. Y mi mente elabora discursos muy dignos, oye, donde suelo ofrecer mi opinión (porque me la han pedido) insistiendo en el típico “si yo fuese tú, que no lo soy…”, y acabando con el típico “pero ahora valora, piensa y decide tú mismo”. Creo que Sócrates estaría muy orgulloso, porque te das cuenta de que no hay que sentenciar, que cualquier persona es capaz (y debe ser capaz) de encontrar la respuesta por sí misma: tal vez sólo necesita verbalizar las opciones y que se le hagan las preguntas adecuadas.

Me pasa muchas veces que, cuando acabo ese ejercicio de súper-responsabilidad con el otro, me miro a mí misma y pienso: olé tú, Montse, gran discurso. Y… ¡¿por qué no te lo aplicas tú misma?! Ay amigo, porque consejos vendo y para mí no tengo. La incoherencia del ser. ¿No te ha pasado nunca? A veces nos es más fácil ver con claridad o resolver los puzles ajenos que los propios. Porque aconsejar, de alguna forma te empodera con el ánimo de colmar la inseguridad del de enfrente y, además, partes de la base de que no es tu historia: no es que no te importe, pero en el fondo, sabes que no se trata de tu vida. En cambio, cuando es por ti y para ti, es cuando surgen las grandes dudas existenciales, cuando nos hacemos y nos sentimos pequeñitos y esperamos que otro nos venga al rescate.

¿Sabes cómo se le llama a ese mal? Humanidad. Es lo que tiene el ser humano: es capaz de arreglar el mundo de otros y para otros y, a la vez, es incapaz de arreglar su propia historia.


© Martínez Comín