NOVEDADES
COSAS BONITAS
julio 9, 2021 -

“No conozco ningún otro signo de superioridad que la bondad.” Ludwig van Beethoven.

Imagino que muchos de vosotros habréis visto Frozen, esa famosa película infantil de Disney con dos hermanas y un maravilloso muñeco de nieve parlanchín creado por la gran reina del hielo. A mí personalmente me encanta Olaf (el muñeco de nieve) porque su inocencia y su optimismo los quisiera yo para mí. Hay una escena de la primera película que me gusta muchísimo: cuando intenta parar a un gran monstruo de hielo creado por una Elsa enfadada con el mundo y a “él” se le ocurre elevar sus pequeñas “manitas” de rama e invocar dos veces (porque ya se sabe que cuando uno repite una frase dos veces siempre gana fuerza) y con los ojitos medio cerrados: “Cosas bonitas, cosas bonitas”. Evidentemente eso no para al gigante de hielo, pero me parece maravilloso el intento.

Adoro las cosas bonitas. Y a la gente bonita. Muchas veces mis amigos me dicen, “Montse, no te entiendo, ¿qué quieres decir?”. Pues no tiene vuelta de hoja ni doble lectura ni un fondo con lección moral, ni nada que se le parezca. Me gusta, admiro, simple y llanamente, eso: la gente bonita de alma, las cosas bonitas.

Y te cuento esto porque llevo un par de semanas intensas en todos los sentidos, con mucho trabajo y un ánimo que no está en su mejor momento; con algunos frentes en casa y ganas de descansar; pero con chispas de absoluta generosidad por parte de personas (algunas conocidas, otras no), que hacen/han hecho las cosas más bonitas, más fáciles y, muchas veces, sin saberlo, a mí me salvan la vida. Verás, he tenido algún que otro problema cotidiano, de esos que debes resolver y no sabes muy bien cómo. Y me he encontrado con personas amables que, conociéndome, han tenido el maravillo gesto, por ejemplo, de comprar y compartir un queso y un vino para aliviar el camino, o personas que, sin conocerme de nada, han hecho lo posible por ayudarme a resolver algún problema que estaba a su alcance y escapaba a mi control. Sí, es verdad: están los que miran hacia otro lado y silban al aire como si la historia no fuera con ellos. Pero también están los que deciden implicarse y ayudarte a resolver tu drama, sea en lo técnico o en lo emocional. Y eso, para mí, no tiene precio. Es el mayor regalo: la bondad, la generosidad, el tenerte en cuenta, el implicarse contigo y por ti. Y a esa gente bonita hay que agradecerle estar. Porque somos muy de recordar lo malo y de no agradecer lo bueno. Y eso rompe la magia.

Y esa gente bonita crea cosas bonitas. Pueden ser materiales o emocionales. Un detalle para demostrarte que se acuerdan de ti, para agradecerte algo, o simplemente porque sí, porque eres tú y apetece, es algo maravilloso. Unas palabras amables, de reconocimiento, de apoyo, de alivio, de alegría, de cariño, de empatía, con el ánimo de recordarte que no estás solo, que ahí está esa gente bonita para ayudarte, de nuevo, es impagable. Porque juntas, la gente bonita que crea cosas bonitas, cambia el mundo, porque es capaz de cambiar tu mundo o al menos, de hacerlo más amable. Y a su vez, esa gente bonita que hace cosas bonitas, mejora su propio mundo porque ayudar a alguien nos genera un sentimiento de felicidad, nos conecta con lo humano, con nuestra esencia más inocente y bondadosa y, por lo tanto, reconforta también al que ayuda.

La vida viene como viene y a esa difícilmente la vamos a controlar (y esto también es parte de su magia), así que rodeémonos de gente bonita y acostumbrémonos a generar cosas bonitas, porque con una realidad más amable, más humana, todo se lleva mejor. Tratar de cambiar el mundo es de superhéroes. Cambiar nuestro mundo y hacer lo posible por mejorar el de quienes nos rodean, es de humanos. Hagamos lo que está en nuestra mano.


© Martínez Comín