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CÚMULO DE DESPROPÓSITOS
mayo 28, 2021 -

“No hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista”. Canción El Charrito Negro

En estas últimas semanas, en algún ratito libre que alguna noche me deja, estoy viendo una serie que se titula “Pequeñas coincidencias”. Se trata de una historia que, en forma de comedia, refleja las sincronicidades o causalidades de la vida (lo que solemos mal llamar coincidencias o casualidades -¡ojo con dónde sitúo la primera “u”!-) y, además, nos revela cómo pequeños gestos, actos, hechos, circunstancias, convergen de una determinada forma que, sumados, detonan la balanza, por inclinarse demasiado hacia un lado o hacia el otro.

No sé si te ha pasado alguna vez que te suceden cosas, cositas que, sueltas, por sí mismas, tampoco son un gran qué (ni bueno ni malo, según de lo que se trate), pero que unidas, no sólo suman, sino que multiplican efectos. Cuando las cosas son positivas, alegres, bonitas, buenas, siempre pienso que ha debido suceder una alineación planetaria extraordinaria que lo ha provocado (porque, vamos, no es ni medio normal vivir en una curva ascendente permanente), pero oye, sea como fuere, te sube el ánimo y te alegra la vida. Por el contrario, cuando esas cositas que te suceden son menos buenas, cuando provocan más tristeza que alegría, cuando son grises, siempre pienso que se trata de un cúmulo de despropósitos. Y lo visualizo como una larga cadena atada por un grillete al pie de un preso imaginario, con la típica bolita de plomo pesante al final que, además de recordarte que no eres libre -por el ruido constante que genera el arrastrarla-, encima, su peso es en realidad un contrapeso, de forma que, en algún punto y según lo cansado que te encuentres, no te permite avanzar. Y claro, sentir que te falta el aire porque no eres libre, sumado al peso de la carga, pues oye, eso mata a cualquiera.

Una amiga me dijo una vez que acumular cosas feas durante varios días o peor, durante una racha o un tiempo prolongado, era equivalente a la tortura de la gota china (dejar caer una gota de agua fría sobre la frente cada 5 segundos). Así, día tras día, no salir de esa rutina gris no sólo te merma el ánimo, sino que acaba volviéndote loco, o peor, decía ella, te convierte en un cenizo (donde parece que todo lo malo lo atraes). Y no sé qué me asusta más, si que me llamen loca o cenizo. Curiosa forma de verlo, ¿no? Pues te diré que creo que tiene parte de razón. Creo que si entras en el bucle de lo negativo, eso atrae cosas feas. Y esas cosas poco bonitas te rompen el corazón y te funden el ánimo. Y claro, si tu voluntad o tu actitud se astillan, entonces caes en el pesimismo, y la sombra de lo gris, entierra cualquier atisbo de luz, ignora cualquier cosa agradable que pudiera sucederte y oscurece tus días. Y sí, sin duda, eso es una tortura.

Pero es difícil salir del bucle, así como así. Están bien las frases de alivio como “no hay mal que cien años dure” (“ni cuerpo que lo resista”, le añade siempre mi madre, como dice la canción), o “tranquilo, que todo pasa” o “venga, piensa en verde”. Pero claro, al final, o se rompe la cadena de despropósitos o te pasa algo bueno y bonito de verdad que pese más que todo el gris que vistes, o nada, no le das la vuelta al asunto. Y ahí es donde uno tiene que parar y ver hasta qué punto eso que le sucede son, en realidad, señales de la vida, avisos para que cambies el rumbo, para que abras las manos y te permitas soltar. Tendemos a victimizar cuando nuestra realidad no nos agrada (“¿por qué todo me pasa a mí?”, “¿por qué la vida no me da una tregua?”, “venga, y ahora, ¿qué será lo siguiente?”), pero en realidad, todo pasa por algo. Y cuando lo gris se convierte en recurrente, tienes que encontrar la forma de vestir otro color. El cómo y el cuánto dependerán de la evolución de tu aprendizaje. Pero está claro que si no te gusta lo que obtienes, tienes que cambiar el medio. O nunca cambiarás el resultado. Averiguar qué color te sienta mejor, es parte del juego de la vida.


© Martínez Comín