NOVEDADES
DEJA DE SENTARTE AL FINAL DE LA CLASE
julio 17, 2020 - COVID-19

“Los grandes logros de cualquier persona dependen de muchas manos, corazones y mentes”. Walter Elias Disney.

 

Semana de brotes, y rebrotes, y hasta se habla ya de una segunda ola de contagios. Cambios en las libertades readquiridas, reproches políticos, ánimos desesperados: los extremos se agudizan.

 

Ahora que muchos habían acuñado, entendido y asimilado la expresión “nueva normalidad”, de nuevo, cambios y decisiones que ajustan y reajustan (y seguirán readaptando) esa ansiada “nueva normalidad”. No voy a entrar en la eterna disputa de si es mejor la normalidad a la que estábamos acostumbrados antes de la crisis sanitaria, o si es mejor un cambio en ella: creo que decidir si te vas más tu antigua vida o si prefieres aprovechar para crear nuevos hábitos -más allá de los impuestos por las autoridades- es algo muy personal, que depende de la historia, de las circunstancias y del momento en el que se encuentra cada uno.

 

De momento, simplemente se nos están imponiendo unos mínimos, ¿verdad? Guardar distancia de seguridad, mantener la higiene, sobre todo en las manos, y llevar mascarilla son hábitos que no generan un cambio de “normalidad” en sí mismos. No seamos tan tremendistas: se trata de incorporar ciertas costumbres a nuestro día a día. La connotación asociada a la “nueva normalidad” es mucho más que eso.

 

Pero sí me llama la atención la actitud de la gente ante los cambios y ante la incertidumbre de lo que está por venir. Me sigue sorprendiendo la “alegría” con la que algunos viven esta situación. En Cataluña, las mascarillas son obligatorias: de hecho, su falta de uso conlleva pena de multa. Oye, ni así: no sé qué parte es ignorancia, qué parte es irresponsabilidad o qué parte es cierta, en el sentido, de sufrir alguna patología incompatible con el uso de mascarilla. Me sorprenden las quejas de algunos bañistas cuando el socorrista pide distancia en la playa. Me sorprenden las quedadas multitudinarias, de personas acinadas y a cara descubierta: se nota que no les debe importar demasiado su salud, ni la de los suyos (entonces, no puedo pedirles que les importe la mía o la de mi familia) y se nota que, seguramente, no tienen hijos a los que explicarles de forma amena que los hemos privado de libertad durante meses para que ahora algunos adultos se tomen esa libertad por su mano, sin respetar nada ni a nadie. Me sorprenden tantas cosas, que no tendría papel suficiente para listarlas.

 

Vista la “alegría” inexplicable y desmesurada de algunos, creo que esta vez me sitúo al lado de los más prudentes. No se trata de miedo. No se trata de ruido mental o de ver problemas donde no los hay. Se trata de responsabilidad. Me da mucha pena pensar que vivir confinados, aguantando el tipo y el ánimo, puede no haber servido para nada. Entiendo perfectamente que la economía y las personas necesitamos cierta normalidad para sobrevivir. Está claro. A mí también me gusta ir a la playa, quedar con amigos en fiestas o, más simple, salir a la calle y respirar. Yo también he dejado de suspirar profundo porque la mascarilla me ahoga. Pero me ahoga más pensar que no vamos a poder con esto por la parte controlable, esa que depende de la responsabilidad de las personas. Me recuerda a los trabajos en equipo del colegio: ahora no vale que el empollón lo haga y el resto se lleve la nota. Esa edad pilla ya pasó: ahora toca trabajar, demostrar que arrimamos el hombro. “Juntos podemos”, ¿no era así? Asumamos de una vez el “juntos”, porque esta vez, unos pocos no son suficientes. Y las consecuencias de hacer o no hacer, en algunos casos, siguen siendo de vida o muerte. Así que, deja de sentarte al final de clase y atiende. Esta vez, importa.

Montse Hernández


© Martínez Comín