NOVEDADES
(DES)EQUILIBRADOS
diciembre 4, 2020 -

“Equilibrio: estado de un cuerpo cuando fuerzas encontradas que obran en él se compensan destruyéndose mutuamente.” Real Academia Española (RAE).

Soy una persona desequilibrada. Apuesto a que te llama la atención leer esto sobre mí. Suena duro, ¿verdad? El simple hecho de pronunciar la palabra “desequilibrio” ya nos provoca cierto vértigo. Y si vamos un paso más allá, la connotación asociada a su significado, cierto es que no suele ser positiva. Se define el desequilibrio como la “falta de equilibrio” (RAE dixit) y como “trastorno de la personalidad” (RAE dixit). Nada más. Por lo tanto, está claro que, si lo dice el diccionario, ya me puedo estar colgando la etiqueta de caótica (con todas sus implicaciones).

Pero si le quito el prefijo y me quedo con “equilibrio”, descubro un mundo de acepciones (¡hasta ocho nos ofrece la RAE!). Significados en su mayoría tan bonitos como “armonía entre cosas diversas” o espera, mejor, “ecuanimidad, mesura y sensatez en los actos y juicios” o “prudencia o astucia para sostener una actitud u opinión insegura o dificultosa”. ¡Qué maravilla! Me abruma la integridad asociada a esta palabra. Se vuelve solemne, sobria, casi perfecta. Y digo casi porque su primera acepción, la que he transcrito bajo el título de esta reflexión, si te fijas, incluye la palabra destrucción. Sí, sí, el equilibrio implica destrucción para conseguir la compensación. ¿Qué te parece?

Y entonces me pregunto: “Y tú, Montse, ¿eres con “des” o sin “des”? Pues oye, lo que está claro es que yo soy equilibrada, ahora bien: a días a secas y otros días (los que más, debo confesar), me calzo el “des-” delante. Y sólo me preocupa cuando me genera sufrimiento. ¿No se encuentra el equilibrio precisamente en el juego del contrapeso? Pues entonces, para encontrar mi centro, debo ser mitad equilibrio, mitad desequilibrio. ¡Fantástico! Adoro desafiar a la RAE.

Estamos muy acostumbrados a escuchar que debemos encontrar el equilibrio o mejor, que debemos estar en equilibrio, en el punto medio, en el centro, y, por favor, que sea en todos los planos de nuestra vida: el económico, el laboral, el familiar, el emocional, el relacional, el físico, el metafísico… Es agotador pretender ser plenamente armónicos y, además, serlo en su justa medida. Pero lo peor es que cuando nos descentramos y nos separamos de la cuerda (y de lo cuerdo), de ese centro que nos da seguridad, nos asustamos, nos invade un miedo irracional a poder ser absorbidos por el terrible caos o por el temido exceso de armonía, como si un halo de niebla negra se posara sobre nuestros hombros. Aterrador. De verdad que yo lo paso francamente mal.

Reconozco que estar temporalmente en un lado de la balanza (generalmente el caótico) es lo que me permite empujar para lograr equilibrarla. O mejor, llevarla hacia el otro lado, el híper armónico, el súper sosegado, ese casi perfecto. Pero ninguno de ellos es mejor que el otro, porque siguen siendo extremos: el exceso de armonía, al igual que el exceso de caos no me permiten centrarme. Son las circunstancias y los acontecimientos (y nuestra actitud) los que nos vapulean de un lado al otro de esa balanza, pero no vale quedarse en ninguno de ellos, porque siguen no siendo equilibrados. Entonces, ¿dónde está el punto medio entre el equilibrio y el desequilibrio? Está claro: en el equilibrio desequilibrado y, al revés, en el desequilibrio equilibrado.

Así que yo, desde aquí, hago un llamamiento a la RAE para que acuñe una palabra y un significado intermedio, que permita neutralizar el puro desequilibrio del equilibrio más puro. Mientras tanto, seguiré buscando mi propio centro. ¿Me acompañas?


© Martínez Comín