NOVEDADES
DIME CÓMO HABLAS, Y TE DIRÉ QUIÉN ERES
octubre 9, 2020 -

“Recuerda no sólo decir lo correcto en el lugar correcto, sino algo mucho más difícil: dejar de decir lo incorrecto en el momento más tentador”. Benjamin Franklin.

“La demagogia es la capacidad de vestir las ideas menores con las palabras mayores”. Abraham Lincoln.

En mi opinión, no hay nada más sexy que un discurso bien estructurado. Una buena oratoria suele ser síntoma de una buena estructura mental (insisto, hablo de eso, de composición, de estructura, no de ideología), aunque a veces nos llevemos alguna que otra sorpresa.

Cuando convergen inteligencia (estructura mental) y discurso organizado (correcta expresión y utilización de los canales de comunicación adecuados), solemos estar ante una persona, en muchos ámbitos, imbatible: en ese caso, la oratoria se convierte en el mejor arma ante cualquier ataque. Un buen razonamiento suele ser clave para ganar al contrario. En una digna batalla argumental, no se trata de callar al de enfrente utilizando el grito o el insulto (como signo de autoridad impuesta), sino de silenciarle provocando su falta de respuesta ante una genial argumentación. Entonces, la inteligencia se erige como signo de autoridad. No hay mayor belleza en la victoria que ganar la batalla por el silencio del de enfrente: no por avasallarle verbalmente, sino por defender de forma calmada, pausada y razonada una posición, convirtiéndola en irrebatible.

Pero puede pasar que exista una muy buena estructura mental sin capacidad para expresarla de una forma inteligible para el resto: suelen ser personas con una capacidad intelectual elevada, con un conocimiento vasto e intenso que, lamentablemente, no pueden compartir en toda su plenitud, porque el de enfrente no les entiende. Y ahí tenemos un problema: es tan importante la estructura como la expresión, como el canal de comunicación. La inteligencia se puede trabajar, claro está, pero estaremos de acuerdo en que es una capacidad, si bien mejorable, no expansible de forma ilimitada. En cambio, sí se puede trabajar en el discurso, en la oratoria, en la correcta utilización de los canales de comunicación, sean verbales o no verbales, o en ambos. Con inteligencia, el resto, se aprende.

Ahora bien, también puede pasar que exista una gran facilidad para verbalizar sin una capacidad intelectual que la avale. Ahí, la oratoria sin inteligencia se convierte en demagogia. Y el candidato a héroe (dispuesto a ganar una digna batalla por el silencio del contrario) se convierte en charlatán y perdedor. Cierto es que cuando se utiliza así, como forma de expresar sin tener contenido alguno, a veces, lamentablemente, al inicio, puede costar darse cuenta del fondo (más bien, de la falta de él), pero una vez se descubre (y siempre se acaba destapando), cae el mito. No hay peor caída que la provocada por el vacío de contenido. Es la mayor de las puñaladas, dejando un halo de desconfianza difícil de colmar. La política es, en algunos casos, un gran ejemplo: mucha palabra, poco contenido. Adiós a tu cualidad de creíble.

Así, el éxito de la credibilidad está en trabajar la estructura mental (hasta donde la inquietud y las capacidades de cada uno nos permitan) y en trabajar el discurso, dotándolo de forma, de expresión, utilizando los correctos canales de comunicación. Dibujar la oratoria como forma de manifestar la genialidad mental. Se trata no sólo de cuidar el fondo, sino también la forma.


© Martínez Comín