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El arte de resurgir
junio 11, 2020 - COVID-19

“Las especies que sobreviven no son las más fuertes, ni las más rápidas, ni las más inteligentes; sino aquellas que se adaptan mejor al cambio.” Charles Darwin.

 

Somos adictos a la psicología positiva, a la actitud positiva, al pensamiento positivo. Creo que llegamos a distorsionar el concepto. Se está convirtiendo en una exigencia más del siglo XXI. Y nos alejamos de lo que realmente es: una herramienta para gestionar las emociones.

Muchos no se permiten estar tristes. O enfadarse. O sentir miedo. O ira. Parece que eso no queda bien si estás en la onda de trabajar tu mente. ¿De verdad que sentir tristeza, enfado, miedo o ira nos hace peores? No. Nos hace humanos. Lo que sí degrada nuestro bienestar es no saber gestionar esas emociones: o bien, porque nos empeñamos en evitarlas o bien, porque nos vamos al polo opuesto, el de anclarnos a ellas, generándonos malestar, victimismo e incluso cierto conflicto (al mismo tiempo, nos sentimos atados a ellas pero culpables por sentirlas).

Dejemos de ser mártires o escapistas de lo que sentimos. No podemos anclarnos permanentemente en emociones negativas (ni positivas), pero tenemos que permitirnos sentir, aceptar y gestionar lo que sentimos. Porque de ahí, aprendemos. Y si aprendemos, crecemos. Y si crecemos, mejoramos el pensamiento, la conducta y la actitud frente a la vida.

Se trata de adaptarnos positivamente a los escenarios adversos que vivimos. Es decir, de ser resilientes. Desde la Neurociencia se considera que las personas más resilientes tienen mayor equilibrio emocional frente a las situaciones de estrés, soportando mejor la presión. Esto les permite una sensación de control frente a los acontecimientos y mayor capacidad para afrontar retos. Es la entereza más allá de la resistencia. Para los más visuales, creo que ayuda mucho la acepción que desde la física y la química se da a la resiliencia: es la capacidad del acero para recuperar su forma inicial a pesar de los golpes que pueda recibir y a pesar de los esfuerzos que puedan hacerse para deformarlo. La palabra proviene del latín salire, que se traduce como saltar hacia atrás, rebotar, ser repelido o surgir, precedido por el prefijo “re”, que indica repetición o reanudación.

Por lo tanto, se trata de resurgir. Como un “terminator” (pero con buen corazón, por favor). Como el ave fénix (en la mitología griega, el fénix es un ave de larga vida que se regenera de las cenizas de su predecesor). Se trata de algo tan simple (y a la vez tan complejo) como caerse y levantarse, como volver nacer tras cada revés de esta vida, pero habiendo asimilado el aprendizaje inherente a ese momento, con el fin de salir fortalecidos, de equilibrar nuestra reacción ante situaciones conflictivas, de superarnos; con el objetivo de transformar lo que un día fue adverso en nuestra fuerza motora, para aprender a sobrevivir emocionalmente.

No se trata de regodearnos en nuestras miserias ni de aparentar que no existen. Todos convivimos con adversidades. Se trata de permitirnos sentir. De hacer un esfuerzo por comprender y aceptar la emoción. Para adaptarnos. Sin sucumbir. Se trata de levantarnos de nuevo con el alma reforzada y el corazón curado; de estar en paz con la vida.


© Martínez Comín