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Un 49% de los cerca de 18.000 participantes en el reciente maratón, celebrado el pasado día 10 de marzo en la ciudad de Barcelona, eran extranjeros, de 107 países diferentes. Por sus calles corrieron más de 2.000 franceses, 1.200 británicos, casi 600 italianos, 500 alemanes, 272 polacos… Una gran parte de ellos llegaron a la capital catalana unos días antes de la prueba –algunos prolongaron su estancia unos días después– y muchos lo hicieron junto a familiares o amigos. Un estudio de la Universitat Pompeu Fabra sobre los datos de anteriores ediciones de la prueba revela que cada atleta viajó a Barcelona con una media de dos acompañantes, que gastaron en la ciudad 123 euros de media por persona y día, multiplicado por cuatro días que duró su estancia en la ciudad. Y una gran mayoría quedaron tan prendados de la capital catalana que, a buen seguro, repetirán visita y aconsejarán a sus allegados hacer lo mismo. La anterior es sólo una muestra del filón que ha descubierto la ciudad en el turismo deportivo, una categoría que englobaría tanto a aquellos viajeros que recalan aquí para practicar deporte como a los que se desplazan para asistir a grandes acontecimientos. En un momento en el que vuelve a estar sobre la mesa el debate cíclico en torno a la calidad del turismo que visita Barcelona, el vinculado al deporte es un nicho especialmente atractivo.