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GESTOS QUE SALVAN VIDAS
octubre 16, 2020 - COVID-19

“¡Ah qué abrazo tan ruin el que la necesidad hace dar y no sentir!”. Pedro Calderón de la Barca.

“Si ayudo a una sola persona a tener esperanza no habré vivido en vano”. Martin Luther King.

La vida es más de gestos que de grandes hazañas. Para mí, los verdaderos héroes son los que luchan y triunfan en silencio, por su esfuerzo, por su integridad, por su humildad. Los alardes de demostrar, de conseguir a cualquier precio, de aparentar, tienen más de ego que de bondad.

Por eso me llaman la atención las historias de personas que se transforman, normalmente (y lamentablemente) por los reveses de la vida. En los peores momentos es cuando uno saca lo mejor (y lo peor) de sí mismo: reconoces tu fuerza, reconoces tu valía, te reconoces en parte de tu esencia y, de forma casi automática, aprendes a conectar con lo mejor de ti para poder sobrevivir, para superar esa situación que está siendo traumática.

Seguramente ese esfuerzo titánico acabe pasándote factura en el plano emocional: la tensión y el estrés asociados a las situaciones difíciles despiertan nuestro lado más salvaje (instinto de supervivencia), pero también nuestro lado más humano y sensible (que no débil). De ahí que utilicemos nuestra versión más primitiva para tratar de salir del caos, y vivamos las consecuencias de ello en el nivel sensitivo. Y algo así, de una forma u otra, transforma. A unos les hará más cafres, más egoístas, menos sensibles o empáticos. Pero a la mayoría les servirá para simplificar y acercarse a su esencia, para valorar lo primario y lo prioritario, para relativizar y, con suerte, para interiorizar el aprendizaje y seguir adelante siendo más sabios. Ese camino, nos sirve, además, para valorar a quienes han sabido estar a nuestro lado.

No hay un termómetro de lo importante. Opinar y permitirse evaluar sobre si lo que el otro vive es o no relevante es un acto egoísta. Ayudar debe tener mucho de apoyar y poco de juzgar. Además, el prestar ayuda no consiste en hacer lo que tú consideras que al otro le puede ir bien, sino en hacer (o no hacer) lo que la otra persona realmente necesita. Incluso en el apoyo solemos volcar nuestro egoísmo. No se trata de pretender coger las riendas de la vida del otro. Se trata de respetar su aprendizaje, de acompañarle. En el saber estar se encuentra la verdadera alianza.

Así, un abrazo, una palabra amable, una sonrisa, una mirada cómplice, un café calentito, un sentarte a los pies de la cama en silencio, son gestos que resuelven más que una opinión. Son de las mejores soluciones para el ánimo. La vida sigue su curso (que tiene parte de incontrolable) y uno debe aprender a adaptarse y a resolverlo de la mejor forma dentro de sus posibilidades. Acompañar en esos momentos es un verdadero gesto de humanidad y de humildad, de amor y de generosidad que no todos saben ofrecer.

Esos que se transforman y los que ayudan a otros a transformar su mundo, son personas que, de una forma u otra, salvan vidas. Han salvado la mía más de una vez y seguro que, en algún momento, también la tuya. Sin pretenderlo, se convierten en referentes gracias a la humildad de sus gestos, por no anteponer sus logros a tu ánimo; y gracias a su ejemplo, por haber aprendido a superar sus circunstancias. El mundo, más que por grandes hazañas, cambia gracias a los pequeños detalles y a las valiosas historias.

 


© Martínez Comín