NOVEDADES
KILÓMETRO 0
mayo 7, 2021 -

“La inocencia es algo que la experiencia no puede proporcionar”. Edward de Bono.

A veces echo de menos la inocencia de cuando era pequeña. Sí, el cuestionarme cosas que ahora doy por resabidas o el tener tiempo para pensar en el porqué de algo. Verás, esta semana mi hija de 7 años me ha soltado estas tres perlas: la primera, “Mamá, ¿las personas que escriben con la izquierda, es porque tienen el cuerpo cambiado, del revés?” La segunda, “Mamá, mi amiga Fulanita no puede celebrar su santo porque su mamá no le deja, porque es monja”. A lo que yo respondo: “¿¡Monja!? Cariño, creo que eso no es posible”. Y ella insiste: “Que sí, mami, que tú no lo entiendes, que es de esas mujeres que llevan un pañuelo en la cabeza para que no se le vea el pelo. ¡Una monja!” (con todo mi respeto a todas las religiones y con la bondad propia de la inocencia). Y la tercera y última fue una pregunta a una afirmación mía: “La tía, cariño, dibuja muy bien y ha hecho la carrera de Bellas Artes”. A lo que ella responde: “Mamá, ¡¿y la ha ganado?!”. Cosas de niños, ¿verdad?

Pero escuchar sus preguntas me hizo pensar y valorar la profundidad o la inocencia (qué se yo), de su cuestionamiento. No creo que tenga que ver con inteligencia, sino con inquietud. Y pensé: Montse, ¿cuánto hace que no te planteas algo, por absurdo que parezca? ¿Cuánto hace que no tienes tiempo para descubrir mundo? Y la verdad, no sé decirte si tiene que ver con la pérdida de inocencia o con la falta de tiempo. O tal vez una mezcla de ambas. Pero sea como fuere, la mayor parte del tiempo voy con el piloto automático, sin pararme a cuestionarme nada. Bendita inocencia. Maldito tiempo.

Supongo que en algún momento he dejado de ser niña. Claro, tenemos que madurar y asumir las responsabilidades propias de una persona adulta. Y es verdad, tenemos facturas que pagar. Pero a veces me planteo cuándo y por qué dejé de ser niña. Me gusta la vida adulta, pero también me gustan las preguntas absurdas que me reformulan lo básico y, de algún modo, me ayudan a entender el mundo: porque mantienen viva mi creatividad y alteran mi rutina autómata. Echo de menos las cosquillas por los Reyes Magos, por el ratoncito Pérez o porque se acerca mi cumpleaños. Echo de menos salir al patio, jugar a pelota o saltar a la comba. Y que mi mayor preocupación sea qué habrá para cenar. Echo de menos el consuelo eterno de mis abuelos, y hasta las miles de caídas tratando de aprender a patinar. Pero, sobre todo, echo de menos reírme a carcajadas por cualquier tontería y sin importarme dónde o con quién estaba. No sabría decirte si madurar me ha hecho ganar o perder. Supongo que depende de cómo se mire. Pero en lo esencial, en lo básico para mantenerse vivo, en el vibrar alto, creo que he salido perdiendo al dejar a mi niña crecer.

Y tú, ¿cuándo dejaste de ser niño? Es una pregunta difícil de responder. La mayoría tratamos de aparentar que no hemos dejado de ser niños, porque queda bien decir eso de que te mantienes joven de espíritu y que sigues siendo un chaval, pero, honestamente, insisto, ¿dónde está tu niño real? Mantener la inocencia, la espontaneidad y la belleza de la niñez no tiene nada que ver con verse joven. Conozco a muchos que visten baqueros y calzan deportivas pero su alma se apoya en bastón. Y oye, también conozco a quienes visten de traje y calzan mocasines y su alma se apoya en algodón de azúcar. Y es que la luz de la niñez no conoce de apariencias, sino de espíritu. Y bien, ¿dónde está tu niño?
La vida es demasiado seria como para hacerse, además, mayor. Tratemos de reconocernos en nuestra esencia, en nuestra inocencia, en nuestro kilómetro cero. Porque allí se hayan miles de respuestas a preguntas absurdas. Y miles de carcajadas a días grises. ¿Jugamos a ser niños?


© Martínez Comín