NOVEDADES
LÍMITES QUE LIBERAN
octubre 22, 2021 -

“Los demás respetarán tus límites si les indicas dónde están”. Walter Dresel.

Qué difícil es poner límites. En todo en la vida.

A veces uno debe poner límites a la familia, porque los padres, los hijos, los hermanos, la situación familiar en general, cualquiera que sea tu historia, puede llegar a cargarte. Y con la familia, uno se siente en esa dicotomía entre el deber (“es que es mi familia”, “es lo que toca”, “es lo que tengo que hacer”) y entre lo que realmente está dispuesto a asumir (“si por mi fuera…”, “es que no doy para más”).

Otras veces, uno debe poner límites en la pareja o a los amigos: los límites relativos a la integridad física deberían estar más que claros y ser respetados a estas alturas, aunque las noticias no son muy alentadoras en este sentido, lo que debería llevarnos a reforzar la educación, claro está. Pero los límites relativos a la integridad emocional también son importantísimos: hay parejas o amistades absorbentes que caen en el yoísmo y no respetan el espacio o las emociones de la otra persona y eso se convierte en una carga pesadísima, porque de acompañarnos, lejos de servirnos de apoyo, se convierten en otro pilar más al que soportar. Y deja de existir el equilibrio necesario para mantener cualquier relación sana. También hay que saber poner límites a las personas victimistas: vivir con un/a quejica es agotador, porque uno es pareja o es amigo, pero no es profesional de las emociones (y en caso de serlo, debería saber distinguir los roles) y, muchas veces, por confianza, por comodidad, tendemos a mezclar las figuras y a creernos que nuestro amigo o nuestra pareja debe hacer las veces de psicólogo o de coach. Y eso carga a la otra persona. Sea por absorbente, sea por victimista, el yoísmo es una forma de romper con el equilibrio en cualquier relación.

Y otras veces, hay que saber poner límites en el trabajo, porque tiramos del carro de forma constante, sin mirar atrás, sin pararnos a pensar si eso que estamos haciendo y, lo más importante, el cómo lo estamos haciendo o con quién lo estamos haciendo, es lo que realmente queremos en nuestro camino profesional, o si, simplemente, nos hemos convertido en rutinarios burros de carga. Y es entonces cuando esa sobrecarga, el estrés, el no levantar la cabeza, el no separar ni tiempos ni espacios, nos lleva a la desmotivación, a una rutina insana que, poco a poco, casi sin darnos cuenta, nos puede sumir en un estado de apatía o de letargo emocional que solemos trasladar también al plano personal y nos lleva a vibrar muy bajito, a sumirnos en un caos anímico que desestabiliza. Y, de alguna forma, la carga, a su vez, nos convierte en carga. Pero también puede ser que esa apatía profesional, en un momento determinado, si tenemos la madurez emocional suficiente (que nada tiene que ver con la edad, sino con la humildad para reconocer lo que está sucediendo y la voluntad o el valor suficientes para cambiarlo), puede que sea el punto de inflexión que necesitamos para darnos cuenta de que, si no queremos seguir así, algo tenemos que transformar.

Digamos que, en un estado de apatía, sea cual sea el escenario o su causa, uno puede optar por resignarse y seguir como está, haciendo de la queja y el victimismo una forma de vida; o bien, por ser honesto con uno mismo y tratar de cambiar aquello que no quiere o no puede aceptar como modo de vida, aquello que ha dejado de estar alineado con los valores y los principios de cada uno. Y ahí es donde se genera la oportunidad del cambio. Porque sólo tú puedes poner tus límites y sólo tú decides cómo y cuándo romperlos.


© Martínez Comín