NOVEDADES
LO ENSENCIAL ES INVISIBLE A LOS OJOS
diciembre 4, 2020 -

“Pero es raro. Por lo común la muerte es solamente un niño de cara triste un niño que sale de la noche sin motivo, sin miedo, sin fervor. Un pobre niño viejo que deja caer su mano sobre mi corazón”. Más o menos la muerte. Mario Benedetti.

Ayer me enteré de algo que, si bien no me toca de cerca, me ha tocado el ánimo. Una mujer maravillosa, médico de profesión, a la que conocí por un amigo en común, murió hace unos meses de un tumor cerebral, demasiado joven y dejando a un pequeñín de poco más de un año.

Digo que no me toca de cerca porque sólo la conocía a ella. No conocí a su marido, ni a su hijo, ni siquiera sé dónde vivía o si se llevaba bien con sus hermanos. Pero conocerla a ella era más que suficiente. Me pasa con algunas personas: no intimo porque las conozco en un determinado contexto, pero cuando las veo, me alegro, me gusta comentar qué tal nos trata la vida e incluso compartir alguna historia. Personas con las que conectas, simplemente, sin ir más allá.

Y eso me pasaba con ella: la veía una o dos veces al año, hablábamos de lo profesional y rozábamos lo personal. Nos reíamos de la vida, nos dábamos un abrazo y hasta la próxima. Y qué duro se hace cuando tratas de localizarla y descubres que no contesta porque ya no está. ¿¡Cómo!?, ¡pero si ni me despedí! Y por nuestro amigo en común, me entero de la causa y del drama de lo vivido. Insisto. Una mujer bellísima por fuera y por dentro. Alta, esbelta, guapa, con una sonrisa vibrante, un carácter dulce, cálido, risueño y una profesionalidad y calidad técnica impecables. Y todo eso que ella representaba ya no existe.

Y entonces me he sentido egoísta y, en cierto modo, culpable: suelo preocuparme (y ocuparme) de mi día a día, a veces, creo, hasta demasiado (me olvido del maravilloso fluir): me preocupo por si los míos o yo misma nos podemos contagiar de la Covid, por si los cuatro moquitos de mi hija irán a más, por el trabajo, por el futuro, por la economía, por el medio ambiente, por si el finde lloverá y perderé la oportunidad de ir a la montaña a respirar aire fresco… ¿En serio, Montse? Ella vivió totalmente consciente casi hasta el final, soportando dos dolores insuperables: el físico y el del alma. Vivió la crueldad de despedirse de un hijo que apenas la recordará, de un marido que perdía a su compañera de viaje y de unos padres que no debieran pasar por decirle adiós a su hija. Tuvo la generosidad y la valentía de pedirles que no le llorasen, que fuesen felices por ella (y sin ella). Una sola vida, una sola persona supone muchos roles y miles de pellizcos en el alma.

Son de esas noticias que te devuelven a la realidad de golpe. Que te centran. Que te hacen “sacar el látigo” para poner en orden tus prioridades, para callar el ego (que se piensa que todo lo puede y que todo lo controla) y para reforzar la creencia de que la vida es un regalo.

El consuelo que le puede quedar a su familia es pensar que ella era un alma vieja en un cuerpo joven, que se va porque ya aprendió todo lo que vino a aprender. No es fácil llegar a interiorizar su muerte (ni la de nadie), hasta ser capaz de dar las gracias por lo compartido y de superar su ausencia, convirtiendo el dolor de hoy en un bonito recuerdo mañana.

Yo me quedo con el brillo de su esencia y con la lección de generosidad y realidad que me deja: vive, prioriza, y ocúpate de lo importante. Allí donde estés, feliz viaje, compañera.


© Martínez Comín