NOVEDADES
“MARAVILLOSO, GRACIAS”
febrero 19, 2021 -

“El desapego no es desamor, sino una manera sana de relacionarse, cuyas premisas son: independencia, no posesividad y tampoco adición”. Walter Riso.

Ayer, una persona a que la admiro me hizo una sugerencia interesante: escribir mi reflexión de esta semana sobre la libertad de expresión vs. el libertinaje de expresión. Tema actual y muy interesante, sin duda. Me voy a permitir darle una vuelta más allá y hablaros de las ventajas del silencio como medio de expresión, como forma de mantener la paz mental. No me refiero al simple callar, sino a una herramienta propia de la inteligencia emocional.

A lo largo de nuestra vida nos encontramos (seguramente porque algo tenemos que aprender de esa situación) con personas tóxicas que, de una forma u otra, se divierten mermando nuestro ánimo, nuestra moral, nuestro ser, con sus comentarios, con sus decisiones, con su forma de actuar hacia nosotros. La finalidad de su comportamiento pocas veces se revela. Uno intuye que puede ser por envidia (que es una especie de admiración ennegrecida por el ego), por miedo (a que otro destaque más y le pueda hacer sombra), por tradición, por rigidez, por diversión maquiavélica o por simple aburrimiento. En el fondo, la intención, el por qué no es relevante para el que lo sufre (aunque sí debería serlo para quien se comporta de esa manera, porque saber de dónde viene su herida, si fuese consciente y quisiera, le ayudaría a sanar su trauma y a vivir en paz consigo mismo y con los demás).

Pero para el que vive, convive o coincide con una persona tóxica lo único relevante es el comportamiento en sí mismo y la repercusión de este en el día a día. Dependiendo del contexto donde ubiquemos a esa persona tóxica, puede que tenga consecuencias en el plano personal, puede que en el plano profesional o puede que en ambos. Seguramente quien lo ha sufrido ha tratado de hablar, explicar, decir al otro lo que le molesta o le incomoda, con el ánimo de frenar la toxicidad y ganar espacio. Y muchas veces nos habremos dado cuenta que, en la mayoría de los casos, esa sugerencia se nos vuelve en contra, se percibe como queja y la queja nos convierte en víctima. Eso puede ser porque no sepamos controlar la emoción cuando verbalizamos cómo nos sentimos o puede ser porque al otro, al que nos hiere, le importe bien poco cómo nos hace sentir, de tal forma que convierte nuestra sensibilidad en debilidad y nuestro llamamiento al cambio, en queja recurrente.

Si verbalizar no funciona, si el de enfrente no quiere escuchar o no quiere cambiar, démosle la vuelta. Tengamos la libertad de callar. No me refiero a resignarnos ni a aceptar/normalizar el comportamiento del otro. No, no podemos degradarnos al mismo nivel de quien nos hiere. Me refiero a mostrar indiferencia, pero en positivo, controlada, llevada a nuestro favor. La indiferencia asertiva nos permite separarnos de la emoción y permitir que la tóxica realidad que podamos estar viviendo no nos afecte directa y personalmente. Debemos asumir primero que no podemos conseguir un cambio en el ego del otro. Una vez asimilamos que esa persona va a seguir comportándose igual, en la medida en que tengamos que coincidir o convivir con ella, en cualquier plano, familiar o profesional, lo que podemos hacer es adoptar la frase comodín: “Maravilloso, gracias” y servirlo con una sonrisa. No es ironía. No es sarcasmo. Es no entrar al trapo. Es volver a vestir el alma que habíamos dejado al desnudo (pensando que la transparencia haría entrar en razón al de enfrente), para evitar el conflicto, no por cobardía, sino por llana y simple paz mental. Ese silencio nos permite expresar mucho y ganar en libertad: conseguimos equilibrar la situación.

Enriqueceremos nuestra tranquilidad y el de enfrente, por un lado, alimentará su ego porque se sentirá vencedor de su propia batalla y por el otro, perderá interés en nosotros porque dejaremos de ser arma para su guerra.


© Martínez Comín