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MI SEGUNDO CAFÉ EN TAZA GRANDE
febrero 12, 2021 -

“Todo ángel necesita a un demonio que le invite a un café”. Anónimo.

Hay días que necesito un segundo café. No me refiero a las mañanas en las que me sirvo ración doble porque la noche ha sido ajetreada, sino a aquellas en las que me sirvo un primer café y, tras él, normalmente al cabo de un rato, necesito servirme otro. No, no tiene nada que ver con que tenga sueño sino con mi estado de ánimo.

Mi relación con el café es de taza grande, leche caliente y dos de azúcar. De cafetera italiana, a poder ser. O para llevar, del bar de siempre, servido con una sonrisa inocente pero cómplice, ajena a nuestra realidad o a nuestra historia. Adoro el aroma, el sabor y el tacto calentito.

Mis días de segundo café en taza grande dicen mucho, significan mucho. En ese tazón no sólo hay una bebida, sino mi vida entera. Y mientras dura, lo sostengo firmemente con mis dos manos, lo respiro, lo saboreo y lo bebo pausadamente. Y cada vez que le doy vueltas a la cucharilla, le doy vueltas a mi mente, tratando de resolver algo, de aliviar algo, de pensar calmadamente en algo, normalmente porque eso que está en mi cabeza me preocupa, me incomoda o me genera conflicto (o peor, la tres cosas a la vez). En ese momento, los “problemas” se mimetizan con mi café: cada vez que mezclo con la cuchara, pienso; cada vez que respiro el aroma sosteniendo la taza a dos manos, trato de asumir lo que pienso; y cada vez que vez bebo, soluciono, acepto o, simplemente, me resigno. Así, de forma casi automática, en cada uno de esos momentos trato de arreglar mi pequeño mundo y encadeno un chupito de pensamiento, una posible solución o un suspiro de resignación.

Esta semana he tenido varias mañanas de segundo café. Y te confesaré que, además, los dos cargaditos con ración doble. Ahí lo dejo. Mezclar la falta de sueño con los pensamientos parásito (sí, esos que se afincan en nuestra mente de modo recurrente, ocupando espacio) es letal para el ánimo. Es agotador. Y uno debe tratar de encontrar el equilibrio, por salud mental y física. Qué bonita la teoría, ¿verdad? ¿Cómo se supone que puedo equilibrar ese popurrí de preocupaciones con la falta de sueño y con mi rutina a todo gas, sin acabar loca de remate?

Cada uno debe dar con la herramienta, con el elemento que le permita calmar la mente para así, desde el silencio, reorganizarla, priorizar y evaluar. En frío, hay problemas que dejan de serlo, otros que se ven con una perspectiva que genera alivio y permite quitarles hierro y claro, otros, que son lo que son y ni el tiempo ni una veintena de cafés en taza grande logran resolver. Pero ya hemos ganado algo: desenredar el ovillo y bajar el volumen para disminuir el ruido.
Y tengo comprobado que, si a esos cafés en taza grande los acompañas con algo dulce, seguro les restas amargura. Y si les sumas una buena conversación con quien bien te quiere, entonces, todo se suaviza y las preocupaciones parecen menos. No se trata de acabar con el paquete de galletas ni de trasladar nuestros problemas a quien nos escucha, sino de compartirlos y equilibrarlos. Entonces, una de café, una de galleta, por favor. Una de verbalizar problemas, una de escuchar atentamente, por favor. Porque la cal compensa la arena.

Y eso es lo mejor de mis mañanas con segundo café en taza grande: el ver que puedo contar con herramientas para organizar mi mente y, lo mejor, con personitas que me arropan y con quienes no me faltan las galletas. Así que calma tu mente, reorganiza tus prioridades y relaja tu preocupación con algo dulce y una buena conversación. ¡Otro café, por favor!


© Martínez Comín