NOVEDADES
NOSOTRAS Y VOSOTROS
marzo 12, 2021 -

“Tú que eres tan guapa y tan lista. Tú que te mereces un príncipe, un dentista, ¡tú!”.
Canción “La lista de la compra”. La cabra mecánica

No me considero una persona de ideales, sino de ideas. Sí que tengo mis referentes (aunque con mis precauciones, claro, porque la caída del mito duele más que la propia), pero no suelo opinar ni posicionarme en temas tan banalizados como la política o la religión. Prefiero celebrar las Navidades tranquila… Y no es por comodidad, sino porque considero que no hay nada que llegue a convencerme tan firmemente, en esos dos temas, como para defenderlo a derribo. En general, creo en las personas, en las energías, en las miradas limpias y en las sonrisas de corazón. El resto, tiene mucho de demagogia. Tanto, que no me compensa desenmarañar la trama.

No creo ni en machismos ni en feminismos radicales, porque no entiendo el radicalismo en ninguna de sus formas. Simplemente soy feminista si hay que defender a la mujer. Y supongo que soy machista si hay que defender al hombre. Pero muchas veces no se trata de justicia (porque eso puede ser muy subjetivo), sino más bien de contexto, de educación, de compromiso y de respeto, sobre todo a nuestra historia y a su evolución.

Si parto del respeto a la lucha, de las creencias, de la moral, de la ética, de la educación y del compromiso, esta semana en la que hemos celebrado el día de la mujer, tengo que brindar por ellas, por nosotras. Porque sí creo en la igualdad. Y la defiendo. Y quienes me conocen bien, saben que tolero poco las desviaciones en este ámbito, tanto en lo personal, como en lo profesional. No me siento cómoda cuando me preguntan si mi marido me “ayuda” con las niñas, o cuando me dicen que tengo mucha suerte porque es él quien cocina en casa. Pero no sólo no me gusta porque considere que estas manifestaciones se alejan de una igualdad real, sino, además, porque considero que, de alguna forma, incluso ofenden a mi marido: alabar que cuide de sus hijas (como yo puedo hacerlo) o que nos repartamos las tareas de casa, le infravalora, le subestima, como si no fuese capaz por naturaleza… Y en lo profesional, no me gusta oír que en vez de Montse me llamen “guapa” (porque mis padres, gracias a Dios, me pusieron un nombre propio) y no me gusta que den por hecho que, por ser la única mujer de la sala, voy a ocuparme de las fotocopias: y ojo, que no se me caen los anillos, pero me enerva quien dispone sin saber a quién o por qué propone.

Considero que hombres y mujeres debemos ser diferentes, porque lo somos por naturaleza, y eso también es parte de la igualdad. Creo que la igualdad debe consistir en tratar igual en situaciones equivalentes, pero también en tratar diferente en situaciones dispares. Yo no le puedo pedir a mi marido que entienda qué es el color malva, el burdeos, el turquesa o que distinga cinco tipos de color rosa… Porque su estructura cerebral es distinta a la mía y le estoy discriminando cuando le pido que vea lo mismo que yo, porque es, simplemente, imposible. De igual forma que, en mi caso, no puedo pretender coger el mismo peso que él, porque nuestra forma física no tiene nada que ver (aunque yo sea más guapa). Pero los dos podemos cuidar, cocinar, tender, planchar, pensar, leer, escribir o reír de una forma equiparable: es cierto, uno con más virtud que otro, pero no por una cuestión de género, sino de talento. Y es maravilloso ver cómo nos equilibramos, nos complementamos, cubrimos mayor terreno, sin solaparnos.

Trabajemos entonces porque el foco sea el talento, la virtud, la voluntad, la motivación y no el género. Dejemos de etiquetar en función de la corbata o los tacones para no caer en estereotipos, para no limitar la magnitud de cualquier PERSONA.


© Martínez Comín