NOVEDADES
OTRA FORMA DE MORIR O DE MATAR
enero 29, 2021 -

“Igual que una espada, una palabra puede herir o matar”. Miyamoto Musashi.
“Las palabras cortan más que los cuchillos. Ellas no perforan la piel, pero rasgan el alma”.

Esta semana, por alguna razón (tal vez la luna llena), me he relacionado con mis habituales de una forma distinta, peculiar. Me explico: cada día suelo encontrarme o conversar con las mismas personas, en los mismos ámbitos y con un escenario similar, muy limitadito por la pandemia. Pues bien, esta semana he palpado auténtica derrota en el ánimo de muchas de esas personas, incluido el mío, sin que, en algunos casos, exista una causa objetiva lo suficientemente grande (aunque eso es relativo, claro, y depende de la percepción y la sensibilidad de cada uno) como para derrumbar el ánimo de uno mismo y, de paso, el de los demás, de una forma tan extrema. Y no sólo eso: incluso ha habido personas que me han confiado y consultado sus logros con tono oscuro y semblante serio, como si una mano negra le diera la vuelta a la buena noticia y transformara su oportunidad en ahogo. En algún punto estamos perdiendo el norte.

Sinceramente creo que la crisis sanitaria es cada vez más una crisis mundial con seria repercusión individual. No me refiero solamente a lo económico (que está siendo devastador y desolador), sino a la parte emocional. Creo que las limitaciones físicas, territoriales, sociales, etc. están limitando (como no puede ser de otra manera) nuestro despertar sensitivo. Y ni siquiera nos damos cuenta. Y respondemos con un “estamos todos bien, gracias a Dios”, cuando en realidad somos zombis emocionales. Estamos dejando que la desidia le gane la partida a nuestra actitud. Hemos interiorizado nuestra rutina anormal de tal forma, que hemos enterrado nuestra libertad emocional. Y eso, es otra forma de morir y, también, de matar.

Me ha parecido curioso el arte de autodestruirse: es increíble, y a la vez triste, ver cómo el ánimo, la mente, las circunstancias de cada uno pueden distorsionar tanto el presente, hasta el punto de generar incluso una realidad paralela en nuestra cabeza; hasta el punto de ver el arcoíris en blanco y negro; hasta el punto de vomitar nuestra propia historia a los demás, así, sin filtros ni tapujos, sin valorar las consecuencias que para esa persona (también con su historia y sus circunstancias) tiene nuestro discurso. Porque la autodestrucción repercute en quienes nos rodean: no puedes pretender derrumbar un pilar sin que se caiga la estructura. Y la desidia corre más rápido que la pólvora, aunque con las mismas consecuencias: es letal para uno mismo y para el que se contagia de ella.
Tenemos que trabajar por una realidad más amable. Es lo único que depende de cada uno de nosotros. No es fácil. Es uno de los retos más difíciles de esta vida, porque requiere ser impecable e implacable en el pensar, en la actitud, en las formas, en el discurso, en las acciones y en las omisiones. Pero no es imposible. Se trata de una carrera de fondo, en la que hay que entrenar y esforzarse. E ir ganando terreno día a día. Colmarse de generosidad y humildad para no vomitar nuestra historia sin antes pensar en las consecuencias que eso tiene para nuestro interlocutor, para quienes tenemos al lado: está bien compartir, está bien consultar, está bien contar. No me refiero a eso: me refiero a que tenemos el deber moral de cuidar del ánimo propio sin herir el de quien está a nuestro lado: los reproches gratuitos, sobran; opinar sin que te lo pidan, juzga; las verdades a medias, duelen y las mentiras, matan.

No seamos verdugos de nuestro ego. Todos tenemos nuestras circunstancias, nuestros logros y nuestras miserias. Antes de acuchillar con la palabra, calla. El silencio aporta más que un mal discurso. Y si te cuesta callar, no hables, simplemente sonríe, porque es un gesto que frena la mala palabra, calma el ego y cura el ánimo del de enfrente. Trata de sanar y no de matar.


© Martínez Comín