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PEINE PARA LOS ENREDOS
enero 18, 2021 -

“Ella, me peina el alma y me la enreda… va conmigo, pero no sé dónde va, mi rival mi compañera (…)”. Canción Y si fuera ella, de Alejandro Sanz.

Los nudos en la garganta aprietan de tal forma que, a veces, nos ahogan y nos dejan sin aire. Además, uno corre el riesgo de que se bajen al pecho y le pellizquen, de forma irremediable, el corazón. Así que mejor deshacerlos, porque los enredos del alma cuestan más de peinar que los del pelo. Pero claro, no todos tenemos un buen peine que alise o a veces, pese a tenerlo, no estamos en condiciones de recordar dónde lo hemos puesto o cómo se usa. Y nos toca aprender a vivir casi sin aliento, desenredando a mano, poquito a poco y con paciencia.

A veces se dan las circunstancias oportunas o tenemos las herramientas necesarias para desenredar rápido. Tal vez porque el nudo es pequeño o porque el peine es muy bueno. Otras veces, el nudo crece y se enreda cada vez más, sin saber cómo ni por qué: simplemente se convierte en eterno, en imposible de desenredar por uno mismo, porque es demasiado grande o porque el peine es demasiado flojito. Y es curioso porque normalmente no nos damos cuenta de la dimensión del nudo hasta que descubrimos, así, casi de golpe, que no somos capaces de desenredarlo solos. Porque es más fuerte que nosotros, porque nos ha acabado rompiendo el peine de tantos tirones.

Para los que tengáis el pelo liso o directamente no tengáis pelo, os contaré que los enredos son como las tormentas de verano: no esperas que llueva y, de repente, te cae la de Dios. Y te mojas porque no contabas con llevar paraguas en pleno agosto. Y puede que te cales y te rías, o puede que pilles una pulmonía por ir en tirantes. Y que, poco a poco, todo se complique.

Hay mil maneras de hablar del sufrimiento, ¿verdad? Y qué poquito lo mencionamos. Lo vestimos, lo camuflamos, lo ignoramos e incluso lo negamos. Porque no está bien visto. Porque sufrir es de débiles. Sufrir indica que no sabes vivir. Que no eres feliz. Que eres emocionalmente inmaduro. Que vives en un pozo de amargura y oscuridad. Que mejor te dejamos de llamar o de escuchar, no sea que se contagie o peor, que nos aburras con tus historias tristes. Por eso es mejor taparlo y que no se den cuenta. Mejor hacemos ver como si no hubiese pasado. Y así todos seguimos con nuestra normalidad, con nuestras vidas, con nuestro futbol, con nuestros memes, con la desidia del trabajo y el cansancio que nos provocan los hijos. Y ya. ¡Maravillosa hipocresía!

No pasa nada por sufrir. Es parte de la vida: como reír, como llorar, como reflexionar, como equivocarse, como caerse, como levantarse. Lo importante es que el nudo que nos genera el sufrimiento se diluya, se desenrede. Porque si no lo peinamos, ese nudo se hará fuerte y nuestro sufrimiento intenso. Y el daño en el alma, en el sentir, en el ser, será irreparable. Y cuando las historias tristes se comparten con personas dispuestas a escuchar y a ayudar, aparece el peine con su manual de instrucciones. No quiero decir que uno airee cualquier trapo sucio de su vida: uno también debe aprender a cultivar su intimidad y a saber a quién le puede contar su historia, porque en esta sociedad, airear lo tuyo suele convertirte en víctima, en quejica o en insoportable. Simplemente hay que saber escoger los oídos a los que contar, porque no todas las orejas saben escuchar. Sufrir no debería ser tabú. Y mucho menos avergonzarnos o cansarnos. Sufrir es parte del aprendizaje, de nuestra historia, de nuestro camino. Sólo tenemos que aprender a gestionar el sufrimiento (que no es fácil) y a saber con quién compartirlo.

Ojalá en el cole hubiese una asignatura obligatoria que se titulase “Peine para los enredos”. Igual así lo normalizábamos y, de paso, aprendíamos truquitos para alisarnos la garganta sin chillar, sin sufrir por tener que desenredar.


© Martínez Comín