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¿Qué esperas de la pandemia?
mayo 22, 2020 - COVID-19

Espera lo mejor, planea para lo peor y prepárate para sorprenderte”. Denis Waitley.

Esta es la 10ª reflexión que escribo y os comparto. Eso supone que llevamos 10 semanas de confinamiento, unos 70 días, unas 1680 horas de paréntesis en nuestras vidas.

Para unos, este tiempo es el parón que ocupa el cambio. Lo que nos va a costar derruir nuestra antigua realidad y empezar a crear lo que llaman, la “nueva normalidad”.

Me encantaría ser tan optimista, pero es que yo no lo veo tan fácil: llevo 37 años viviendo una realidad determinada, una normalidad de la que muchas veces ni siquiera soy dueña. Y lo digo sin ánimo de juzgarme. Simplemente soy consciente que la mayor parte de mi tiempo me muevo por la vorágine del día a día: el trabajo, las niñas, la casa, los amigos, la familia… Y al día siguiente, más y, seguramente, más de lo mismo. Claro que tengo límites. Claro que sé que tengo opciones. Pero estoy en un momento en el que muchas veces me dejo llevar por la vida, en parte por comodidad (me agota andar replanteando constantemente porque a veces se convierte en una insatisfacción permanente) y, en parte, porque mi realidad me “obliga” a ello, no hay más. Debo ser responsable y consecuente con las decisiones que he ido tomando a lo largo de estos años. Consciente de que, si algo que no me gusta, tengo dos opciones: aceptarlo tal cual es y seguir, o cambiarlo. Pero todo tiene su momento. No podemos ser esclavos de la aceptación ni tampoco del cambio. A veces hay que dejarse llevar, por la salud mental de uno mismo.

Me cuesta creer que ahora, en 10 semanas, esté generando otra “normalidad”.  Y tampoco sé si quiero. Me admira ver que hay personas que son capaces de romper con todo y replantearse cada extremo de su vida. Pero en mi caso, dudo que 70 días puedan con 37 años de recorrido. Y, además, me abruma pensarlo.

Y luego está el bando contrario: los que creen que estas 10 semanas ni sirven ni servirán para nada, porque consideran que sí somos esclavos de nuestra rutina. Que esto simplemente es un parón por fuerza mayor y que, en cuanto nos dejen pisar la calle con normalidad y tomarnos la cervecita en el bar de siempre, a la hora de siempre, ya está. Que lo asociado a esta pandemia se olvidará pronto, sin cambios significativos en el comportamiento de la mayoría.

Pues no sé yo. Creo que me sitúo en medio. Este tiempo no cambiará por completo mi vida (y por ella me refiero a mi rutina), pero sí confío en que me ayude a valorar más las cosas y a salirme del guion de vez en cuando: quiero pensar que estos días en casa con mi familia, a pesar de la histeria que conlleva el tratar de llegar a todo, me han dado la oportunidad de vivir experiencias que mi día a día no me permitía. Quiero pensar que he aprendido a respetar el espacio de los demás, el físico y el emocional: tal vez ya siempre circule por la derecha por la acera y mantenga la distancia debida en la cola del pan o en el supermercado. Tal vez me siga esforzando por entender la sensibilidad del de enfrente porque en situaciones como esta, te das cuenta de que cada uno tiene su historia y sus circunstancias. Tal vez siga saliendo al balcón para saludar a los vecinos, muchos de los cuales, hasta ahora, ni conocía. Quiero pensar que la sanidad y todos los que han dado la cara (y la vida) por satisfacer nuestras necesidades primarias estarán mejor considerados, a todos los niveles, en esta sociedad.

Pero soy consciente que la expectativa no es buena consejera: esperar algo sólo te lleva a la euforia, si tus expectativas se cumplen, o la decepción, si no se cumplen. Y si algo me ha enseñado la pandemia es a no pensar demasiado porque hay mucho de incontrolable. Ahora me conformo con organizar mi futuro hasta pasado mañana.

No me planteo un cambio radical ni un conformismo absoluto. Simplemente evoluciono al ritmo que mi realidad marca. Es mejor no generalizar y confiar en que esta pandemia traerá los cambios que sean necesarios para aprender, a cada uno los suyos, a cada uno, a su debido tiempo. ¡Déjate sorprender!


© Martínez Comín