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RIESGO
julio 2, 2021 -

“Es necesario correr riesgos, seguir ciertos caminos y abandonar otros. Nadie es capaz de elegir sin miedo.” Paulo Cohelo.

Esta semana mis hijas han empezado el casal de verano en el colegio. Y en una sola semana me he dado cuenta de qué diferentes somos cuando se trata de asumir cierto riesgo. Siguiendo con el ejemplo, el casal al que las tengo apuntadas (el del cole) hace una excursión por semana, los jueves. Día entero de diferentes actividades super divertidas: parque, piscina, playa… Ayer jueves fueron al parque. La semana que viene, toca ir a unas piscinas de esas con mucho tobogán y poca sombra; de esas que los niños adoran y los padres odian. Niños aparte, si nos centramos en los padres, tengo opiniones que dan para escribir un libro: “ni hablar, mi hijo no va. ¿Para qué? ¿Para que se abra la cabeza cuando se resbale o se rompa la espalda en el tobogán?”; o bien, “no, no, no lo veo claro. Las piscinas son siempre muy peligrosas y eso no acaba bien”; o bien, “el mío va seguro, si se lo pasan genial. ¡Son niños!”, o los indecisos: “pues yo ya veré. No lo tengo claro. Pero, por otro lado, es que pobre si no va…”. Y la verdad, estoy que ya no sé que hacer: si autorizo la excursión, igual estoy siendo demasiado bohemia y ligera y dejándolas correr un riesgo que puedo evitarles; pero si no la autorizo, igual luego me arrepiento porque me da pena que mi hija se la pierda por mis miedos, a veces, irracionales (¿o tal vez están justificados?) cuando muchos se sus compañeros se lo habrán pasado genial…

Y eso me ha hecho pensar en cómo las personas, ante un mismo hecho, unas mismas circunstancias, podemos ver las cosas de tan distinta manera en cuanto a riesgo se refiere. Y ojalá sólo pasara en el casal, ¿verdad? Pero es que nos pasa con todo en la vida. Está el que no coge el avión porque volar es un riesgo. Está el que no hace deporte porque el máximo riesgo que asume es bajar un bordillo. Está el que trabaja toda la vida en la misma empresa porque cambiar le parece siempre inoportuno. Está el que no se casa porque le asusta comprometerse. O el que sigue guardando los ahorros bajo el colchón por si mañana hay un corralito. Pero también está el que se tira sin paracaídas del avión, o el que baja barrancos por diversión, o el que cambia continuamente de trabajo o se atreve a emprender, incluso, su propio negocio. Está el que se compromete más de quince veces porque no siente el dolor de una ruptura o el que ni siquiera ahorra para no pensar dónde es mejor guardar su dinero.

No hay una respuesta correcta en la percepción del riesgo. Porque es eso, percepción. Interpretación. Se alimenta de creencias, del criterio que nos hemos formado por la historia que nos han contado desde pequeños y por la experiencia que hemos podido vivir nosotros mismos a lo largo de nuestra existencia. Y depende mucho de los miedos de cada uno, porque al final, asumir un mayor o menor riesgo va a depender de qué miedos entren en juego. Pero el ser más o menos averso al riesgo no creo que sea ni una virtud ni un defecto. Todo depende de la situación de la que hablemos: habrá cosas en que lo recomendable será ser prudente y otras, en las que lo mejor será lanzarse al vacío. Y es difícil acertar. Y es difícil dejar de sentirse valiente o cobarde. Porque esa es otra de las desventajas: uno siempre asocia que arriesgar es de valientes y ser prudente, de cobardes. Y ahí tenemos mucho que aprender: ¿de verdad que meterle la mano a un perro desconocido en la boca es de valientes?; ¿de verdad que mirar dos veces antes de pasar un cruce en coche es de cobardes? Yo, personalmente, desde luego no comparto esa asociación.

A mí, lo único que me importa del riesgo, del miedo, de la valentía o de la cobardía es cómo afecta a mi día a día, sin importarme cómo esas palabras afectan a mi orgullo. Ese es otro cantar. Que mis miedos y mi prudencia me permiten estar tranquila y seguir una vida normal, adelante. Que me bloquean o me paralizan, entonces frena y cambia porque hay algo que no estás interpretando bien. Dónde está el equilibrio depende de cada uno, porque el riesgo no es una verdad universal sino una realidad interpretada, vista con las gafas que cada uno lleva o necesita para enfocar la vida.


© Martínez Comín