NOVEDADES
¿SABES ESTAR EN LOS MALOS MOMENTOS?
diciembre 18, 2020 - COVID-19

“No siempre podemos hacer grandes cosas, pero sí podemos hacer cosas pequeñas con gran amor.” María Teresa de Calculta.

Me resulta curioso ver cómo las personas dan y reciben noticias. Sobre todo, las relacionadas con un tema tan importante como es la salud. Aún recuerdo cómo fue cuando mi padre nos comunicó su primer tumor: serio, sobrio, calmado, implacable. Con una emoción neutra (imagino que contenida). Y recuerdo perfectamente cómo reaccionamos cada uno de los que, en ese momento, estábamos en su casa: uno, con silencio; otro, con un llanto incalmable; otro, con resignación; otro, con optimismo. Misma noticia. Mismo emisor. Tantas interpretaciones….
Por supuesto, es muy importante cómo se cuentan las cosas. De una forma u otra, la subjetividad que uno le pone al dar la noticia, sumada a la propia información, es decir, al hecho objetivo, decanta la balanza hacia poder dar la noticia de forma serena o, al contrario, darla cargadita de inquietud. Y eso, de una forma u otra, hace mella en el receptor del mensaje quien, de forma casi automática, genera una respuesta que, a su vez, puede o no ser la esperada por el emisor (¡maldita expectativa!).

Pero no todo depende de cómo se da la noticia. A partir de ahí entran en juego infinitas subjetividades que ya sólo dependen del receptor: su prejuicio, su juicio, su propia historia, su actitud, su conocimiento, su expectativa, sus miedos, su ego y, así, un largo etcétera. En este sentido, la mayoría de las respuestas, en un primer momento, son reactivas (no proactivas), de tal forma que la inmediatez asociada a la “mala” noticia suele reflejar el ego de las personas que la reciben, su parte más instintiva, su descentramiento. Hay que estar muy entrenado y libre de ego para responder de forma que tu prioridad sea el emisor.

Y no pasa nada. Es muy humano reaccionar así: el miedo, la incertidumbre, incluso la ira, ocupan el primer lugar en ese momento. Tanto, que el receptor llega a invertir la escena, preocupándose primero de él mismo (“¡¿y ahora qué hago yo?!”, “¿¡y qué voy a hacer si te pasa algo?!”, “pero ¡¿cómo, cuándo, por qué te ha pasado esto?!”), e incluso, a veces, olvidándose de preguntar cómo está o cómo ha recibido el enfermo la noticia. Y paradójicamente, en esos casos, es el emisor el que asume el rol de calmar, tranquilizar y poner cierto orden en el caos.

Es ahí donde uno debe esforzarse por liberarse del ego (que no despreocuparse de uno mismo, tampoco es eso) para tratar de empatizar con el emisor. No nos olvidemos que quien nos da la noticia es, en ese momento, el más perjudicado. Debemos tratar de centrarnos y de no invertir el rol, de no convertir al emisor en el culpable del sufrimiento que la noticia nos genera, pasando por alto lo que realmente es esa persona en ese momento: víctima de la noticia de la que nos está informando.

Te invito a que reflexiones sobre si sabes estar al lado de quien te necesita. Yo misma reconozco que, seguramente, mi ego me ha ganado la partida en algún momento y no he sabido estar a la altura. Y te invito también a que reflexiones sobre la necesidad de callar el ruido asociado a la noticia: todo lo que no sirva para tratar de ayudar o resolver, se convierte automáticamente en conjetura, en rumor, en cotilleo, en mero ruido que, lejos de apoyar al emisor a resolver ese episodio de su historia, le pesa, le carga, le añade aún más sufrimiento.

En los peores momentos es donde encontramos la oportunidad de demostrar si sabemos o no sabemos estar al lado de quien nos necesita. Aprendamos a apoyar y no a juzgar.


© Martínez Comín