NOVEDADES
TRES BODAS
junio 11, 2021 -

“Sin respeto el amor se pierde. Sin sentido del humor es aburrido. Sin honestidad es triste.
Y sin confianza, se muere.” Anónimo.

Hoy hace diez años que me casé por segunda vez. Sí, en realidad yo me he casado un total tres veces hasta la fecha. Lo curioso es que las tres, con la misma persona. Verás, hace diez años quisimos casarnos sin que interviniese la religión, así que decidimos organizarlo por lo Civil y, como abogada, ley mediante. Un 9 de junio teníamos cita en el Registro y, con dos testigos, vistiendo baqueros, pero muy ilusionados, nos avenimos a los artículos del Código Civil. Dos días después, un 11 muy nublado pero maravilloso, al atardecer, nos dimos el sí quiero en una boda más americana que tradicional, con todos nuestros familiares y amigos reunidos en el patio de armas de un bonito castillo. Y luego, casi seis años después, cuando bauticé a mi segunda hija, nos volvimos a casar: mi primer y segundo marido (¡ja!) gestionó el bautizo con el cura de la iglesia de mi pueblo y de todo se encargó él, porque yo andaba convaleciente de una muy mala pasada de la vida tras tener a la bebé. Y el cura, insistió en sus razones y le convenció para que, a la vez que bautizábamos a la niña, nuestro matrimonio fuese también bendecido. No os imagináis la cara de la familia cuando nos vio darnos el sí quiero por tercera vez (y eso va por mi madre, que estuvo presente en las tres ocasiones: como testigo, como madre de la novia y como abuela de la bautizada). Pero a la tercera va la vencida, dicen. Aunque vamos, no descarto un cuarto bodorrio en Bali o en cualquier otro paraíso que se tercie.

En realidad, no importa si te casas o no te casas. Si te casas una o te casas veinte. Si te divorcias, o si te das un tiempo indefinido, o si te separas para luego volver a intentarlo. Mi tres no refuerza mi unión. El número tres simplemente sirve para seguir sacándole una risa a nuestros amigos, un suspiro gracioso a mi madre y una colleja emocional a mi marido, por dejarse convencer a esas alturas. Pero ¿¡qué más da ninguna, una, dos, tres o cien?! Además, somos tan adictos a las etiquetas… La palabra soltero, divorciado, separado, viudo… son palabras con estigma. Oye, pero es que casado igual. Entonces, qué más da.

Lo importante es la relación en sí misma, sea con uno mismo, sea con una pareja o con cien parejas diferentes. Cada persona tiene su ritmo, su evolución, y, no siempre, no en todas las etapas, todos buscamos lo mismo (¡por suerte!). Uno debe aprender a escuchar y a escucharse, para saber en qué punto del camino está, para avanzar libremente, solo o acompañado, pero con honestidad y sin perder la alegría.

Las relaciones de pareja son fáciles y complicadas a la vez. Porque es normal, porque somos humamos, porque cada uno es de su padre y de su madre, porque cada uno tiene su propia historia y forja su propia opinión. Y compartir, enriquece, pero también, cuece, porque requiere de esfuerzo, para no sobrecargarse uno, para no sobrecargar al otro. Toda relación es y debe ser una carrera de fondo, siempre que se desee luchar por ella. Y no digo que uno deba dejarse la piel por sentir mariposas a diario: sinceramente, creo que lo de los animalillos en el estómago está sobrevalorado; aunque cierto es que una relación sin cosquilleo pasa a ser una amistad, así que atentos. Me refiero a que hay que trabajar conjuntamente para construir una relación sólida y, lo más difícil, sana, donde las personas crezcan juntas y se sientan acompañadas. Y si en algún momento eso se tuerce, si en algún momento uno siente que no se crece al mismo ritmo, que cada vida toma un rumbo distinto, entonces hay que ser honesto y valiente, y separar caminos, para permitirnos ser y para permitirle ser, libremente, al otro. Es cuestión de respeto mutuo. Así que sea como sea y con quien sea, sea una o cien veces, cásate con tu camino y compártelo (o no) con quien te lo haga más fácil y, sobre todo, más divertido.


© Martínez Comín