NOVEDADES
VALERIA
diciembre 10, 2021 -

“Mi corazón es perfecto, porque tú estás dentro de él”. Anónimo.

Mañana es el cumpleaños de Valeria, mi hija mayor. Y celebra sus 8. Y me alucina ver que ella gestiona las cosas importantes (porque está claro que, a tus casi 8, la fiesta del cumple es lo más) mucho mejor que yo. Verás, este puente de la Purísima (como el 99% de los peques en invierno), ha cogido un virus, en este caso estomacal, de estos que te dejan blanco como la pared, más flojo que el algodón y con poquitas ganas de nada. Está en proceso de recuperación, muy avanzadito por suerte, porque ella se recompone más veces y a mayor velocidad que el Ave Fénix. Y es cristalina la ilusión que le hace celebrar su cumple: un gran aliciente para mejorar a pasos de gigante.

Pero esta mañana, algo más tarde de las 5 de la mañana, me ha llamado y me ha pedido ir a su cama. Y muy seria ella, me suelta: “mami, he estado pensando: si estoy bien, me gustaría que celebrásemos mi cumple. Si no lo estoy, no pasa nada: lo podemos dejar para otro día o para otro año que esté mejor y pueda comer pastel con Lacasitos. Pero una cosa, mami ¿las piruletas caducan?”. En ese momento me han pasado dos cosas por la cabeza: la primera, como madre leona, a modo espontáneo y reactivo (luego te cuento por qué), he pensado aquello de “¡¿Tú sin celebrar tu cumple?! Vamos, ni hablar. Aunque sea a zanahorias”. Y luego, como madre orgullosa, he pensado aquello de: “Pero y tú, ¿cómo has nacido tan equilibrada? Supongo que algo estaremos haciendo bien para que esta pequeña gran personita piense con tanta madurez”. Y entonces, me he relajado. Y he bajado a su mundo de inocencia en esencia. Mi ego estaba centrado en la celebración de su cumple para, en teoría, no defraudar su expectativa; pero de golpe me he dado cuenta de que no era la suya, sino la mía (mi expectativa) la que se podía defraudar. Y si te cuento por qué tengo tanto empeño en que lo pueda celebrar, tal vez me entiendas: el año pasado no pudo celebrar su 7º cumpleaños porque un día antes de su cumple, un 10 como hoy, me hicieron una PCR y di positivo en Covid (tras un falso negativo en antígenos). Y eso, cual cortacésped, arrancó de raíz cualquier propósito de celebración: mamá aislada y sin contacto (por suerte, solo mamá), pero todos confinados, claro. Ni pastel, ni globos, ni piruletas, ni abuelos que achucharan, ni más regalos que los de casa hasta unos 15 días después. Y en aquel momento, fue ella la que me dedicó una carta a mí por su cumpleaños, revelándome que su único deseo era que no me preocupase, que no estuviese triste y que lo importante era que mami se pusiera bien, pronto, para poderme abrazar.

Y por eso he pensado que hoy ella se merecía también una carta. En esta no puedo dibujar ni corazones, ni estrellas, ni arcoíris, ni caritas sonrientes como ella hace en las suyas, pero sí que puedo darle color a las palabras. No sé si ella es consciente de que, muchas veces, la necesito yo más a ella que ella a mí, porque es un salvavidas en días grises y brilla más que el sol en días de color. No sé si algún día se dará cuenta de cuánto enseña con su ejemplo y ojalá comprenda que ella misma es su mejor referente, porque mamá o papá somos personitas normales, con mil defectos y alguna que otra virtud, pero ella es ELLA, en mayúsculas, única, espontánea y maravillosa tal cual es: con sus mates atravesadas y la lectura a ritmo lento. Porque su mayor virtud está en ella. Ojalá su inocencia no se pierda cuando crezca, porque está totalmente conectada a su esencia. Tiene su carácter, su ego, pero lo equilibra a la perfección con su corazón puro, con su generosidad desbordante y con su humildad ilimitada.

Felices 8, Valeria. Este año, en tu nueva vuelta al Sol, no dudes que brillará más que él.

 


© Martínez Comín