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Y tú, ¿qué llevas: máscara o mascarilla?
mayo 4, 2020 - COVID-19

“A lo largo de la vida conocerás muchas máscaras y muy pocos rostros”.

“Un día la lágrima le dijo a la sonrisa: “Te envidio porque siempre estás feliz”. Y la sonrisa respondió: “Estás equivocada. Porque muchas veces soy la máscara de tu dolor”.

 

Me divierte ver cómo la gente, sin ser consciente, a veces se confunde, y en vez de hablar de su mascarilla, habla de su máscara: “me pongo la máscara y salgo a la calle”. Las dos son una forma de protegerse, sí, pero sólo una esconde a la persona y manifiesta al personaje. Esa máscara que todos tenemos, de una forma u otra, ya sea para defendernos de algo que consideramos un ataque (según nuestra interpretación subjetiva y nuestra perspectiva), ya sea para aparentar algo que no somos o simplemente, para tratar de agradar al de enfrente. Cada uno con sus motivos, con su historia, con sus circunstancias, se crea un personaje. Su dimensión, la distancia que hay entre él y la verdadera esencia, es el recorrido de tu aprendizaje: salir de esa interpretación que haces sobre ti mismo y sobre la realidad para acercarte a tu “yo” verdadero. Menos personaje, más ser. Menos ignorancia, más sabiduría.

Pero sea con máscara o con mascarilla, hay formas de captar la esencia, de averiguar cuánto se ha aprendido y de identificar todo lo que queda por aprender. A mí me gusta medirlo por la transparencia del alma. Me llenan las personas cuya bondad les nace de corazón, no las que se pasan la vida aparentándola. Aquellas que son realmente humildes en su esencia y generosas en su comportamiento. Sí, aquellas que son tan “limpias” que te sonríen con la mirada. Aquellas que son capaces de alegrarte el día con su simple presencia, porque derrochan luz. Las que aceptan (que no se resignan) los reveses de esta maravillosa vida, porque aprenden y son capaces de transformar su aprendizaje en cambios tangibles y visibles, en valientes aventuras, sin saber muy bien lo que vendrá, pero asumiendo íntegramente las consecuencias. Con respeto, con prudencia, con coherencia, pero, a la vez, con el valor y con la sabiduría que te ofrece la experiencia de vivir, la propia, no la teórica o la de otros. Las que aceptan el reto de reinventarse sin caer en el victimismo o en culpabilidades forzadas, creadas por el ego. Las que son honestas y miran de frente, sin juzgar ni ofender, convencidas de que para tener luz propia no hace falta apagar la de los demás, porque entienden que el brillo nace de dentro, que no se consigue fuera. Sí, esas personas que eligen vivir de adultos manteniendo la inocencia, la simplicidad y la ilusión de cuando eran niños. Las que no confunden el crecer con ampliar su rango de autoridad. Las que ven más allá de su propia historia. Las que entienden que no hay mayor libertad que simplificar y vivir en paz. Y las que dejan vivir, sin exigir que se les pida permiso.

La máscara la crea y la elije cada uno. Algunos deciden llevar siempre la misma. Otros, adaptarla a cada escenario. Cada uno elige el papel que interpreta en su propia película. Cuanto más te acerques a tu esencia, menos necesitarás interpretar. Cuanto más esfuerzo dediques a cuidar al personaje, más te alejas de ti y de la oportunidad de vivir en libertad. Sé generoso: ocúpate de ti, de tu historia, de tu rol. Y deja que cada uno escriba e interprete su propio guion, dibujando su camino y marcando su ritmo.

¡Feliz aprendizaje!                                                                                                        Montse Hernández.


© Martínez Comín