NOVEDADES
YO Y MIS MAYORES
mayo 14, 2021 -

“El obrero tiene más necesidad de respeto que de pan”. Karl Marx.

Tengo muy interiorizado el respeto a los mayores. Desde muy chiquita, mis padres me educaron bien, en el sentido que me enseñaron que, a los mayores, se les respeta y se les habla de usted. Porque su experiencia de vida bien merece un trato distinguido. Y es algo que yo misma me he encargo de trasladar a mis hijas. Y supongo que ellas, a sus hijos. Y así, sucesivamente. De corazón, no soporto una mala palabra, un atisbo de desviación en el comportamiento hacia un mayor.

¿Y por qué te cuento esto? Porque esta semana, por distintas razones y por diferentes personas que han tenido a bien contarme su historia, me he dado cuenta de que tenemos muchas clases de mayores. Y muchas clases de respeto.
Creo que todos entendemos que nuestros abuelos y nuestros padres son nuestros mayores. Y de una forma casi automática, nos nace el respeto hacia ellos. A medida que crecemos, muchos entramos en conflicto, sobre todo, con nuestros padres. Y, de alguna manera, el hecho de ver la vida de forma distinta, sumado a la consideración que les tenemos y añadido a la necesidad de que aprueben todo cuanto hacemos o decimos, nos lleva a una gran frustración, a una gran decepción cuando vemos que no nos entendemos. Y todo porque nos empeñamos en seguir viéndolos con la distancia de cuando éramos niños. Les situamos en el pedestal y, desde abajo, les exigimos que sean perfectos. Y cuando descienden a la miseria de lo terrenal, de lo humano, con sus días buenos y sus días malos, les recriminamos que se comporten como personas normales y dejen de ser aquellos héroes que tenemos mitificados.

Por otro lado, también pueden considerarse mayores quienes llevan más años que nosotros en algo. La experiencia es maravillosa porque despliega una sombra muy larga que arropa historia. Pero, en ocasiones, es probable que la sombra tape la luz, que genere conflicto, puede que por miedo a lo que vendrá, tal vez por temor a perder lo que se tiene o, simplemente, por la incertidumbre asociada al cambio. Y entonces, si uno no es flexible, se distorsionan los roles y se ensalza la autoridad, y los objetivos y las motivaciones en juego, de unos y de otros, corren el riesgo de desalinearse y entrar en una guerra de mundos.

Y, mayores son también aquellas personas a las que escogemos como referente, en el sentido que un amigo, un hermano, un conocido o un desconocido se convierten, por alguna razón que nos resuena, en nuestros mayores, por el respeto que le tenemos a su opinión, a su experiencia, a su vivencia, a su forma de ver la vida. Y de nuevo, colocamos a esa persona en el pedestal, con la adrenalina que provoca la admiración y el gran riesgo asociado a la decepción cuando no colman nuestra expectativa.

Así que, de una forma u otra, todos somos y, a la vez, estamos rodeados de mayores. Y el respeto que nos han inculcado hacia ellos nos puede llevar a la máxima admiración y a la sensación de cobijo; y, a la vez, al conflicto interno (y a veces externo), al desasosiego que genera la lucha de tratar de rebelarnos contra aquello o aquellos a quienes debemos respetar.

Ser o tener mayores es una responsabilidad. Uno debe aprender a equilibrar el respeto con la libertad de la propia realidad. A entender que no hay verdades ni creencias absolutas. A no exigir héroes, ni rendirnos a ellos. A transformar la distorsión en oportunidad. A converger y complementar lo que aporta lo joven con lo menos joven, porque juntos, generan un todo.


© Martínez Comín