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CABLE ROJO, AZUL O VERDE
febrero 11, 2022 -

“El hábito y la rutina tienen un poder increíble a perder y destruir”. Henri de Lubac.

Yo soy de esas personas que necesito que, de vez en cuando, me recuerden que ciertas situaciones que vivo no son normales y que, por lo tanto, no debo normalizarlas. A mí me pasan básicamente dos cosas que llegan a poner en duda mi cordura y que, de darse juntas, se convierten en un detonante a mi integridad emocional, a mi rebeldía natural, activándoseme una especie de piloto automático que neutraliza cualquier atisbo de racionalidad o lucidez.

Verás, por un lado, mi día a día me hace entrar en una dinámica de vivir deprisa (hoy he salido en zapatillas de casa hacia mi coche y ayer me dejé las llaves dentro, para que te hagas una idea del nivel de despiste asociado a mi estrés…) en la que, lamentablemente, paso por alto cosas: algunas, bonitas y relevantes y, leñe, cuando lo pienso, me siento mal por no haberlas aprovechado o vivido más (me martillea el “aquí y ahora”); otras, menos bonitas pero igual de importantes que, por no pararme, por no romper esa rutina de minutos y segundos parametrizados, por comodidad o por necesidad, también paso por alto y, leñe, de nuevo, cuando lo pienso, me siento mal porque parece que haya dejado de lucharlas, que hayan dejado de importarme, que me haya resignado a ellas o peor, que las haya normalizado. Digamos que ese vivir a toda velocidad es mi cable rojo.

Y, por otro lado, está mi cable azul, conectado en paralelo al rojo. Este segundo posible detonante es, ni más ni menos, que el de interiorizar el hábito insano. Hay rutinas o hábitos que aprendemos o generamos de forma más consciente, como ducharnos, cepillarnos los dientes, desayunar… Pero hay otros hábitos (o vicios) que interiorizamos por el simple hecho de llegar a normalizar lo repetitivo, dejándonos de cuestionar su idoneidad. Y llegamos a ver normal que nuestro jefe nos grite, que nuestro compañero nos trate con desdén, que nuestra amiga sea una borde rematada o que el vecino de arriba riegue las plantas cada mañana justo cuando salimos al balcón a respirar. Lo llegamos a ver normal porque nos acostumbramos a vivirlo, hasta el punto de que, si un día, no nos cae agua, miramos hacia el piso de arriba a ver qué ha podido pasar; que, si un día, el feje no nos grita, festejamos su tono educado; que, si un día, nuestra amiga no nos pega cuando habla, se lo agradecemos con un abrazo; que, si un día, el compañero nos trata con respeto, lo admiramos. Y ahí ponemos el mundo al revés y abofeteamos nuestra integridad. Porque convertimos en normal lo que no lo es, por el simple hecho de ser lo recurrente. Y tildamos de excepcional lo que debiera ser normal, aplaudiendo, encima, nuestra puntual “suerte”.

Pero entonces llega el cable verde, en forma de persona, en forma de recuerdo, en forma de anhelo, en forma de lucidez, en forma de tortazo, en forma de todos los anteriores a la vez, y te recuerda que vivir deprisa e interiorizar los malos vicios no es lo normal. Y te anima a no normalizar lo que no te encaja. Y te motiva a cortar cables y a dinamitar tu piloto automático. Y de repente, vuelves a respirar aliviado: has recuperado tu cordura en este mundo de locos. Y te reafirmas en tus creencias, en tus principios, en tus valores, y te permites volver a rebelarte (aunque sea internamente) con lo que no quieres, con lo que no estás dispuesto a aceptar como normal en tu vida. Y te tomas tu tiempo para reflexionar y valorar qué cable debes cortar. Todos tenemos que encontrar ese cable verde que nos salve la vida, que nos genere la adrenalina suficiente para poner en duda el rojo y el azul, que nos active a tomar la decisión acertada de cortarlos, aunque estemos en tiempo de descuento, sin dejar que la bomba explote.


© Martínez Comín