NOVEDADES
GEN DE INMUNIDAD
mayo 13, 2022 -

“Después de superar algunos infiernos no cualquier demonio te quema”. Anónimo. Siempre he pensado que existe un gen pijo. Y voy a describir a muchos de mis amigos, sin ánimo de ofender ni etiquetar a nadie, la verdad, simplemente con ganas de contaros algo de lo que, juntos, nos reímos a menudo, porque bendigo su suerte y maldigo la mía (luego entenderéis por qué). Yo les digo que son “positivos en gen guayón”. Y ellos se ríen educadamente, como no podría ser de otra manera. Y es que hay gente que desprende glamur, aunque vista chándal de terciopelo y zapatillas rotas. Y eso es porque hay personas que tienen un cromosoma distinto, de verdad que sí, y se distinguen del resto y son fácilmente identificables porque comparten, básicamente, lo siguiente: tienen pelazo, cutis perfecto, sonrisa Profident, elegancia en vena, piel de perfume, discurso vehemente pero desenfadado, talante bohemio pero sofisticado, gustos aparentemente variopintos y adaptables y acento propio. Y yo he desarrollado una especie de radar, de tal forma que es ver a una persona y, ¡pam! enseguida sé si tiene o no tiene el gen.

Y de “genes”, hay de muchos tipos. Seguro que conocéis a personas con el famoso “gen de la mala hostia”, sí, hombre, esas que tienen la amargura como parte de su ADN. O personas con el “gen de la oportunidad”, sí, esas que tienen el don de intervenir en el peor momento. O personas con el “gen de desaparecer”, porque nunca están cuando las necesitas. Y así, si te pones a pensar, verás que descubres millones de genes pululando por el mundo. Porque sí, porque tanto patrón repetido no puede ser cuestión de don; tiene que ser cosa de genes.

Y yo estoy muy contenta de anunciaros que he desarrollado el mío propio. Mola, eh. Sí, sí. Yo no tengo pelazo ni sé vestir moños desaliñados con glamur, ni hablo con acento propio. Qué va. Lo mío es mejor: como yo también quería destacar con un gen propio, esta semana, o mejor, este 2022 he desarrollado el gen de la inmunidad. Sí, sí, lo que oyes. Y ¿en qué consiste? Muy fácil: yo no puedo caer enferma. Fíjate qué bien. Lo que pasa es que cuando solo lo desarrollas tú de entre tu núcleo familiar, pues resulta que se traduce en lucir ojeras en vez de cutis perfecto y repercute en que se te trabe la lengua cuando pretendes pronunciar un discurso claro. Y todo ello consecuencia de dormir poco y mal, claro está, porque tengo la suerte de que este gen mío no solo es exclusivo (solo para mí), sino juerguista. Es ver llegar la noche y oye, eso es una fiesta. Está claro que eso de descansar está sobrevalorado. Pero oye, me lo he ganado a pulso: en enero, volvió el COVID a casa, y tres de cuatro cayeron. Ahora, nos ha visitado la gripe, y los mismos tres de cuatro han caído. Y a mí, ni rozarme, oiga. Porque está claro que alguien debe quedar en pie para defender el fuerte. Y yo “encantada”, porque al gen de la inmunidad, se le suma el de la mala hostia y a su vez, el de la (in)oportunidad, porque ya sabes, una cosa lleva a la otra y todos ellos juntos me hacen desear tener el gen de desaparecer…

Y mis amigos se ríen cuando lo cuento y de verdad que yo no sé dónde ven la gracia. ¡¿Porqué ellos desarrollan el gen pijo y yo el inmune?! ¡Qué puta la vida! Y no, por supuesto que no quiero caer enferma y sé que es un lujo sortear los virus, pero vamos, que de vez en cuando preferiría estar luciendo pelazo a tener que vivir con esta permanente resaca mental. Decía Theodore Millon que la personalidad es el equivalente psicológico del sistema inmune. Pues será eso. Como tengo un sistema a prueba de balas, a mi querida personalidad no le ha quedado otra que forjarse y adaptarse, erguirse y mantenerse. ¿Será que estoy desarrollando un gen de resiliencia? Pues si es así, ojalá se grabe a fuego en mi ADN.


© Martínez Comín