NOVEDADES
NO ME IMPORTA TU HISTORIA
mayo 20, 2022 -

“Muy poca gente escucha con la intención de entender.
Sólo escucha con la intención de responder”. Stephen Covey.

Estamos poco acostumbrados a escuchar a los demás. Los oímos, nos aprendemos respuestas tipo para hacer ver que nos importa, pero la realidad es que nos la trae al pairo.

Me he dado cuenta yo misma esta semana con mis hijas. Las prisas, el cansancio, el que, para los adultos, puede que lo que nos cuentan los niños sean eso “cosas de niños” y no les damos la importancia que en realidad esa historia tiene para quien nos la cuenta. Dos ejemplos personales claros: mi hija pequeña está malita, con neumonía, así que todos los cuidados esenciales y la máxima atención y foco han estado de forma natural en ella. Su hermanita, que es mayor que la otra, pero pequeña en general, creo que lo ha entendido parcialmente y su llamada de atención, sin darme cuenta, se convirtió en riña y en reprocharle que estaba ayudando menos de lo esperado… Hasta que me di cuenta. Justamente esta semana ha estado dos noches sin poder dormir, diciendo que no tenía sueño. Y yo, enfadada, porque justo esta semana es cuando más necesito que duerma, para que todos podamos cerrar los ojos unas pocas horas. En realidad, lo que tiene son los miedos típicos de su edad y la necesidad de atención, que yo, no supe ver. Y, por otro lado, esta semana ha querido contarme más de lo que jamás me cuenta sobre lo que hace en el colegio: sus amigas, sus deberes, su día a día. Normalmente su respuesta a mis insistentes preguntas sobre cómo ha ido el día, es básica: “todo bien mamá”. Pero esta semana le dio por replicarme literalmente hasta las conversaciones de la hora del patio, y no supe entender por qué. Simplemente me limité, en varias ocasiones, a decirle un “ahora no, por favor, luego me cuentas”. Y ese luego nunca llegó, por falta de tiempo o por olvido. Mi prioridad: atender a las necesidades vitales de su hermana. La de ella, que mamá le hiciera caso también.

Y más allá de la culpabilidad que genera darte cuenta de eso, de que eres humana y de que realmente, no llegas a todo, lo peor, creo que ha sido darme cuenta de que, simplemente, con escucharla activamente, con dedicarle mis oídos un rato, su sed, se calmaba. No es mi presencia, es mi atención. Eso es lo que necesita. Ella y todos. Y tal vez mi día a día, la intensidad de mi rutina me lleva a no saber prestar esa merecida atención. Ese abrazo a tiempo. Ese dejar de banalizar su historia por pretender, comparativamente, que la mía es mucho más dura. Son 8 años, y su experiencia, su necesidad, no es comparable a la mía, pero, sin duda, es igual de importante.

Pero resulta que también lo he visto en los mayores. Cuentas tu preocupación, tu historia, qué está pasando, supongo que con ánimo de encontrar aliento y/o tal vez, de justificar, nuevamente, que no llegas a todo. Y te das cuenta de que lo para ti es vital, esencial, preocupante, para el resto, es trivial. Porque no es su historia, porque la empatía es una asignatura pendiente para muchos. No hablo de que sufran contigo o como tú, no. Eso sería absurdo y ayudaría poco. Me refiero al simple hecho de escuchar, entender, atender y empatizar. El pronunciar frases típicas y el no preguntar por el seguimiento de tu historia, revelan ese “qué poco me importa lo tuyo, porque yo ya tengo bastante con lo mío”, al que me refiero. Estamos en la era de la inteligencia emocional, del culto al bienestar, de mejorar la calidad de vida. Y creo que estamos perdiendo cierta humanidad, porque ponemos el foco en uno mismo y lo llevamos al extremo, anteponiendo siempre nuestra propia realidad a la de los demás. Y no hablo de sacrificar tu vida por la de otros. Me refiero simplemente a escuchar al de enfrente, a entender su historia, a dejar de compararla con la propia porque son realidades distintas, a dedicarle un minuto de plena atención para demostrarle que, en realidad, importa. Pero ya no sé cuál es la causa y qué me da más miedo: si es porque nos hemos vuelto demasiado yoístas, si es por falta de tiempo para atender a lo esencial (las personas) o peor, si es que realmente ha dejado de importarnos qué le pasa a la gente que, se supone, nos importa.


© Martínez Comín