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PLASTILINA
enero 13, 2023

“Nunca eres demasiado viejo para proponerte otro objetivo o para apostar por un sueño nuevo”. Anónimo.

 

No puedo resistirme a la pluma, ya ves…

 ¡Qué semana más extraña! Aunque llevo trabajando todo el mes de enero (no te creas, que estamos a día 13 y ya me parece una eternidad, y eso que a la suma de días laborables tienes que restarle algún festivo…) soy consciente de que la realidad no empieza hasta que empiezan los colegios. Al menos en mi caso, porque el colegio implica rutina y la rutina, pese a lo monótono, inculca orden. Entonces, digamos que esta ha sido mi primera semana consciente en lo que llevamos de mes. Tomar conciencia supone que uno ya no tiene más tregua ni excusa para demorar el poner en marcha los propósitos del año nuevo.

Pero ¿sabes qué me pasa este año? Que no me he propuesto nada específico. Sí, mira, este 2023 me he rebelado. Estoy cansada de pedirle al año nuevo que en lo profesional me convierta en Rafa Nadal, en lo personal me traiga a Chris Hemsworth (con permiso de mi marido que sí, lo sabe y se resigna), en lo espiritual mi paz sea igual o superior a la del Dalai Lama y en lo físico me convierta en el nuevo ángel de Victoria’s Secret. Que sí, lo sé. Que yo, las veces que me he propuesto algo, lo he hecho a lo grande porque así me han enseñado a soñar. Así que, como ves, mis propósitos siempre han rozado la excelencia. Eso sí, del dicho al hecho… Con decirte que cada año pedía los mismos, ya te haces una idea del nivel de logro adquirido, ¿verdad?

Y, bromas aparte, este año, folio en blanco delante y bolígrafo en mano (porque sí, porque como buena letrada a la que le gusta la tinta, todo debe quedar por escrito), te revelaré que pedí tres deseos, como si el 2023 fuese la lámpara del genio de Aladdin: el primero, ser agradecida, para que no se me olvide dar las gracias por todo lo vivido, sea bueno o menos bueno, porque todo, absolutamente todo, es parte de la vida y de estar vivo y eso ya, de por sí, es un regalo. El segundo, serenidad, para no desquiciarme por mi natural impaciencia, para dar tiempo a los enfados y a calmar los pensamientos; para dejar que lo bueno, florezca; para no dejar de respirar ante cada revés y para que, en cada suspiro, la calma me permita entender los tiempos y las necesidades de los demás, liberándome de las cadenas que suponen el quedar anclada a sus decisiones. Y el tercero, amor. Porque el amor es la clave de todo, de lo físico, de lo espiritual, de lo personal y de lo profesional. Y entiendo la palabra amor en toda su dimensión e inmensidad: me refiero a ponerle fuego, cariño, sentimiento, ganas, motivación, empatía, comprensión, ternura… Todo, absolutamente todo, se mueve gracias a ese motor, sea cual sea su intensidad y sea cual sea su forma de expresarse.

Y por supuesto que se me ocurren millones de propósitos y de deseos concretos que alcanzar o cumplir. Algunos más realistas que otros. Algunos que dependen solo de mí y otros, en cambio, que dependen también de la voluntad de otras personas o incluso de las propias circunstancias. Pero he decidido plantearlos como “objetivos provisionales”, todos ellos, porque el concepto de “objetivo” arraiga más que lo intangible del deseo y se mantiene neutro frente al ego (se separa del mítico “yo quisiera…”); y porque el carácter de “provisional” me genera alivio y me da la cintura suficiente para flexibilizar en función de cómo evolucione mi año. Así, convierto mi 2023 en una plastilina moldeable, donde puedo hacer y deshacer las figuras en función de lo que me vaya encontrando, evitando roturas y reconstruyendo constantemente, pudiendo cambiar de colores cuando necesite que el arcoíris deje de verse en blanco y negro. Que este 2023 revolucione tus creencias, despeine tu rutina y desenrede tu alma. ¡A por él!