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SUEÑO
marzo 11, 2022 -

“La impaciencia por dormir a menudo asusta al sueño”. Anónimo

Me hago mayor. Sí, y no solo te lo digo por las arruguitas (nada, las cuatro contadas que tengo, eh), por mi dolor de espalda al final del día o por haber cambiado voluntariamente el gin-tonic por la manzanilla la mayoría de los sábados por la noche… No. Te lo digo, además, porque se me está generando una necesidad imperiosa de dormir, como mínimo, las 8 horas de manual, porque si no lo hago corro el riesgo de sufrir algunas consecuencias, unas más graves que otras, como que mi carácter se torne tosco o como salir a la calle con un zapato de cada.

Ayer viajé a Madrid. Ida y vuelta en el día. Lo que provocó que mi mañana empezara antes de las cinco. Y me di cuenta de que no tengo edad para ir poniendo las calles. Verás, resulta que me equivoqué al leer la hora de salida de mi tren, así que mi torpe distracción sumada a mi natural necesidad de previsión (o agonía) por no llegar tarde, me llevaron a estar una hora antes de lo previsto en la estación, lo que supuso, por lo tanto, una hora menos de sueño. Y es ahí donde empieza la guerra del remontar, porque claro, ese madrugón requiere o de mucha juventud o de toneladas de cafeína. Así que me di al café, cual adicta, para mantener la mente despierta y el cuerpo alerta. Porque a mí el café me sube, como el alcohol. Pero luego me baja, como la resaca. Pero te diré que ayer, entre el subidón y el bajón, ese largo entretanto lo disfruté muchísimo, porque algunos de esos sorbos los acompañé de conversaciones y personas maravillosas, de esas que chutan más que cualquier droga, de esas que te nutren de calidez y te recuerdan la importancia del trabajo en equipo. Y ahí logré engañar a mi cansancio porque, como siempre, la energía de las personas bonitas empodera y se contagia, y esa adrenalina encubre cualquier atisbo de sueño acumulado.

Y claro, como a mí esto de vibrar alto me dura, pues me subí al tren de vuelta con la energía suficiente para trabajar a tope desde allí, sin perder la cadencia del día, con esa alegría transitoria de notar que tu cuerpo tira cual adolescente en una noche de desenfreno. Vamos, que te atreves con lo que te echen. Pero ay, amiga, esa es la antesala del bajón…

Porque, sin saber muy bien cómo, de repente te ves sentada en el taxi que te lleva de vuelta a casa. Y te relajas en una conversación fácil y amena con quien conduce. Y claro, una vez llegas, cuando te has quitado la americana, te bajas de los tacones, le das un beso de buenas noches a las niñas y te sientas en el sofá…, cual bebé, notas que los párpados te pesan y que tu batería parpadea. Así que de igual forma que lo que te sucede a las dos horas de comerte un rico donut (que primero te chutas de azúcar -y alegría- y al rato vuelves a tener hambre -y poca energía-), te das cuenta de que estar enchufado tiene más de quimera que de realidad, que tu cuerpo y tu mente están fundidos, manteniéndose activos por una sobredosis de café. Y entonces te sucede algo curioso: que quieres, pero no puedes dormir. Te pesa más tu cansancio que tu sueño. Así que, invadida por el residuo de la cafeína, ahora que quiero, no puedo dormir. Y hasta en eso es irónica la vida. Así que aquí me tienes, escribiendo esto de madrugada, con una necesidad imperiosa de cerrar los ojos, pero teniéndolos abiertos de par en par.

Y cuando el madrugón se junta con la madrugada del día siguiente ves clarísimo que esa resaca por falta de sueño te va a llevar a una recuperación de no menos de una semana. Porque no tengo veinte años, porque mi cuerpo está de manta y sofá y se repone a otro ritmo. Y sientes el corazón dividido, porque ese cansancio acumulado que padecerás se compensa con la buena energía de la experiencia. Pero ambas, me siguen sin dejar dormir…


© Martínez Comín