NOVEDADES
YO Y MI FRANCÉS
marzo 18, 2022 -

“Si hablas a una persona en una lengua que entiende, las palabras irán a su cabeza. Si le hablas en su propia lengua, irán a su corazón”. Nelson Mandela

Qué importante es saber idiomas, ¿verdad? No sé la de veces que he escuchado esta frase. A veces en tono soberbio (de quien sabe muchos y menosprecia al que no habla tantos), a veces en tono de anhelo (de quien no habla más que el materno y desearía poder comunicarse en más de uno), a veces en tono equilibrado (de quien valora el conocimiento, sin mayor juicio o prejuicio), a veces en tono de broma (de quien entiende el desorden del no comprender, pero bromea con las consecuencias del mal interpretar).

En mi caso, hablo catalán, castellano, inglés e italiano. No sé si es mucho o poco. Ni sé si son los mejores o debería haber estudiado otros. Quizás hubiese sido mejor nacer en otro país o tener padres de distintas nacionalidades. O casarme con un sueco para luego divorciarme y casarme con un irlandés. O haber hecho carrera diplomática y optar a vivir en multitud de países. De hecho, te confesaré que durante dos años también estudié francés, pero mi profesor de la época (tenía yo unos 16 añitos), me invitó a abandonar el curso porque me consideraba inepta para el idioma. Y bendita inocencia y falta de madurez, que cometí el error de creerle y, muy obediente, lo abandoné y me convencí de que yo jamás hablaría francés. Una pena, porque es un idioma que me encanta (sí, porque suena romántico, qué le vamos a hacer) y que medio entiendo, pero me falta mucho para seguir el hilo de una conversación entre nativos o verdaderos expertos en el idioma.

Y a mí me parece bien hablar los que hablo, es lo que hay. Aunque reconozco que mis ansias de conocimiento y mi carácter altamente sociable me llevan a desear hablar todos los idiomas del mundo, porque tengo la sensación (vamos, la certeza, mejor dicho) de que me dejo cosas por entender, pero también muchas cosas por decir; y esa carencia, de alguna forma, me alejan de poder ser yo misma. Porque muchas veces, cuando no entiendes lo que están diciendo o no sabes expresar en otro idioma lo que quieres decir, te limitas a sonreír (¿no os pasa?), como forma de buscar la empatía en el de enfrente, como forma de expresar un “lo siento, me gustaría que me entendieras y entenderte, pero no, así que ni te ofendo ni te ofendas. Te sonrío y te demuestro mi humildad al reconocer mi limitación y te pido reconozcas también la tuya”.

Pero es que incluso me doy cuenta de que pudiendo hablar el mismo idioma, porque el inglés, por ejemplo, se reconoce como idioma universal, uno tiene sus limitaciones. Pese a intentar entender o comunicar con cierta fluidez, siempre hay algo que uno se deja, porque al no ser lengua materna, al no ser bilingüe, eso te lleva a tener que traducir, aunque sea en décimas de segundo, todo lo que quieres decir. Y entonces pasa por el filtro de la doble interpretación: el lenguaje es, en sí mismo, una interpretación de la voluntad a expresar. A su vez, si le sumas la traducción, ¡voilà! Interpretas sobre la interpretación, así que, realmente, la esencia se queda en el tintero… Así que querido inglés, no me sirves como universal. Pero tranquilos. Sí hay un idioma universal de verdad. ¿Sabéis cuál es? El de las personas. El de lo humano. El que te lleva a sonreír cuando no logras entender o no llegas a saber expresar… El idioma que te permite entenderte solo con mirarte, con dedicarte un gesto amable, con compartir una caricia cómplice, desde la máxima humildad y honestidad. Ese es el verdadero idioma universal, el que no se habla pero se expresa.


© Martínez Comín